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habitantes, pero mayor por su incidencia, nos vemos también involucrados
en la Iglesia nacional por lo que nos consideramos con el derecho y la
obligación de reiterar, lo hemos dicho anteriormente, exponiendo algunas
razones sobre este tema que nos ocupa. Y lo hacemos con toda sencillez y
humildad porque nuestros razonamientos no se basan en aquellas líneas
marcadas por cualquiera de los derechos: civil o eclesiástico, sino más bien
desde cierta intuición moral que emana del sentido común, observable en
las mil y una facetas que afloran en el comportamiento humano.
Fundamentalmente desde su espíritu religioso y desde el respeto que una
democracia establece elaborando los derechos de todos los ciudadanos.
Hoy que se habla tanto de los derechos sociales, y de tantas clases como
existen; de su preocupación por ellos y, sobre todo, de su atención, nos
parece indicado resaltar que no se valore esta demanda de la Iglesia
evitando así toda clase de agravios comparativos. Por lo que considero
que la vivencia religiosa demandada entra dentro de este campo y, como
tal, debiera ser atendida debidamente. Ya sé que para muchos políticos -les
decía antes- resulta incomprensible, alegando para ello la razón de Estado,
por la que ejercen su autoridad. Es cierto, pero también tiene límites y, el
que manda, debe reconocerles. Y uno de ellos es la tolerancia y el servicio
a iguales partes con todos.
Este proceder desigual está sentando las bases del sectarismo más puro.
Y que dicho de otra manera es “la forma más peligrosa del totalitarismo
que se oculta bajo la bandera de la democracia”: Michael O’brien, escritor
canadiense.
Es tan importante que el cumplimiento de este servicio es el mejor
baremo de la buena valoración de una administración pública. La razón es
bien clara: el pago de estos servicios debe estar protegido y atendido. Es
que hunde sus raíces en la misma constitución del ser humano que es
religioso. Y naturalmente así actúa, dando lugar a uno de los derechos más
importantes, por el número de los millones de personas que viven esta
práctica religiosa.
Los políticos bien saben de esto, en cuanto que su vocación responde a
la suficiente empatía de ver y satisfacer las necesidades de las personas y,
naturalmente, su fina actuación se desarrolla en el ámbito de estos
contextos. De ahí que el buen político goce de la suficiente sensibilidad
para actuar en consecuencia.
Estas son las personas necesarias que la sociedad necesita porque
sintonizan con las necesidades de los otros y las llevan a la práctica al
margen de que sean sus votantes o no. Esta es la puesta en manda de los
mejores servidores políticos
Su incumplimiento, para los que nos movemos en otras coordenadas de
la vida sería una traición a su vocación y a su deontología profesional.
Claro, todo esto en pura y sana teoría. En la práctica no se desenvuelve en
estas exigencias, ya que, el bien común que defienden, puede estar

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