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arregló enseguida. Algún medio de comunicación recordando lo sucedido
daba la impresión de que había transcurrido demasiado tiempo en su
advertencia correspondiente. No fue así. Se hizo con prontitud. Es cierto
que fue una demora larga para afrontar los hechos del suceso en el arreglo
del siniestro Las autoridades correspondientes estaban informadas
debidamente. El proceso siguió sin ninguna contestación y, transcurrido
algún tiempo, decidí, modestia aparte, pagar personalmente de mi bolsillo
al albañil que había reparado los daños del tejado averiado. La factura de
mano obra y materiales ascendió a casi 600 euros. A fecha de hoy y, va
para cuatro años, esa factura está pendiente. De hecho estaban enterados
tanto la comisión de obras del Arzobispado como los responsables de la
Junta. Hace algún tiempo y en bastantes ocasiones hice la reclamación de
una forma verbal.
Continuamos de nuevo en la Iglesia. La otra obra pendiente, junto con la
cubierta del tejado, que anteriormente estaba prevista y de la que tantas
veces hemos advertido, incluso del riesgo de su caída, es el pequeño ábside
románico que tiene. Las piedras de la bóveda se están desencajando. Se ven
las grietas por fuera y en su interior se ven ranuras profundas.
Antes de pasar a su concreción posiblemente procede una sencilla
descripción y, sobre todo, el recuerdo agradecido a sus antepasados que
lucharon para conservarla y mejorarla. Es una Iglesia pequeña, muy
acogedora con algunos elementos de antigüedad como es el ábside
románico. El pueblo siempre fue pequeño. Desdice un poco la hermosa
torre cuadrangular que construyeron en el siglo pasado. Desde el conjunto
artístico de una Iglesia pequeña la espadaña no estaba mal. Pero desde
finales del siglo XIX, en esta zona, existe una revalorización especial de
las torres con relación a las espadañas. Se reconstruyeron tres iglesias con
sus respectivas torres. Una de ellas la que nos ocupa.
Posiblemente llevados del sentido de grandeza de lo que una iglesia es y
significa. Para ellos, les parecía, demasiado poco una espadaña. Todo
debía ser grande para recibir en ella unas campanas que así lo fueran. La
espadaña no las aguantaba.
Con todo decidieron por algo mejor. Era lo que se llevaba entonces. Y
aunque le supuso al pueblo un esfuerzo grande no lo miraron. Por ello se
merecen nuestro mejor reconocimiento. Su entusiasmo, su trabajo, su
lucha y su mucha fe ahí quedaron patentes. Cuando se hacen las cosas con
la mejor voluntad del mundo no queda otra palabra que la del
agradecimiento. A sus descendientes el listón del aprecio por la Iglesia se
lo dejaron muy alto y, efectivamente, están dispuestos a seguir luchando.
Hasta la fecha lo han conseguido.
Posiblemente no ha habido la suficiente coordinación entre los
organismos civiles y religiosos, ya que en la Junta estaban bastante
sorprendidos de que este siniestro no se hubiera atendido favorablemente
por parte del Arzobispado y la Diputación con los que coopera para la
restauración del patrimonio religioso.
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