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Son ellos mismos cuando se expresan de esta manera los que nos ofrecen
sus mismos argumentos para evidenciar su nulidad. ¿Es que no tienen otras
cosas más apremiantes e importantes que debatir? Con estas personas que
mal se gasta el dinero.
Es bueno y laudable que debieran proteger los oídos de todos ya que
esta época se caracteriza por toda clase de ruidos. De los más abultados y
estridentes en zonas de diversión: salas de fiestas, festejos nocturnos con
tracas, bombas...unos mayores, otros caprichosos, más o menos ofensivos
e, incluso algunos, con la única intención de molestar.
Proceden de toda clase de sensibilidades pero en todos radica el gusto de
la diversión. Unos provocándolos y otros oyéndoles. Claro esta no es la
norma de los humanos. Hay excepciones. Tal vez es el caso del senador
porque ante estos ruidos tan ofensivos asiente y calla. Sólo le preocupa el
ruido de las campanas...
Por supuesto no hay comparación entre estos ruidos y el de las campanas
ya que nos encontraríamos a años luz o, simplemente, querer comparar la
noche con el día. Y si alguno pretendiera actuar de esta manera
pensaríamos que algo falla en él. De inmediato en el caso que nos ocupa, su
desconocimiento es interesado, parcial: Unos sí y; otros no. Y para ello la
negación de otras posturas y con ello, la de su libertad, a privarlos de algo
que les agrada.
Efectivamente, nos movemos en el campo de los signos: y las campanas
pertenecen a este sector por lo que de inmediato pueden suscitar reacciones
encontradas según sea su capacidad religiosa. El mal estriba que en lugar
de quererlo entender y respetar; simplemente se rechaza, prohibiéndolo.
Por lo menos se trata de un comportamiento muy ligero que no respeta
estas sensibilidades enraizadas en tiempos pasados en los pueblos, pues
nacen con ellos y constituyen su misma identidad. Son parte integrante de
su cultura y, como es comprensible se niegan a esta prohibición pues se
perderían tradiciones queridas.
Nadie debiera tomarse este derecho arbitrario de quitarlo. Dejémoslas
que sigan hablando estas lenguas de metal. Parece ser que todo se quedó en
nada. Sólo el intento y, de rebote, un afianzamiento mayor.
Pero al hilo de estas líneas los políticos debieran escuchar “esas lenguas
de metal”, que apenas suenan en los pueblos perdidos y silentes. Envueltos
en soledad y en un silencio sepulcral. Sin exagerar se puede tocar a
defunción por ellos. Sus medios de vida se encuentran infravalorados. La
agricultura y la ganadería dan mala cuenta de su trabajo. Sólo les queda la
alternativa del abandono. Esto es lo que debieran preguntarse aquellos
oídos voluntariamente parciales y sectarios del “porque no suenan las
campanas”. Ahí está la categoría y la grandeza del político. No quedarse
con simplezas que además ofenden a otros.
Cuantas cosas están sucediendo en los pueblos que reclaman voces muy
altas y sonidos fuertes en su defensa legítima.
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