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En contraposición al hombre viejo representado por Adán que había perdido el estado de gracia y
amistad con Dios por la desobediencia de aquel mandato que le prohibía comer del árbol del bien y
del mal, así representado en la Biblia (Gn 2, 16-17), nos lega a todos sus descendientes la enemistad
con Dios, en raíz. Ésta es nuestra situación. Fue necesaria la encarnación del Hijo de Dios, con
naturaleza humana como la nuestra, asumiera y compartiera nuestra situación, para que en su misma
raíz le devolviera al ser humano la amistad con la creación y con Dios. De tal modo que pudiera ser
lo mismo que al principio. El todo lo hizo bien, que de nuevo restaurado por Nuestro Señor
Jesucristo, es como si otra vez volviera a salir de las manos de su creador. Con su muerte venció el
pecado y con su resurrección venció la muerte. He aquí la nueva y definitiva creación.
Este nuevo estado queda representado en la vidriera de una manera simple y sencilla.
Contemplamos una especie de mosaico bien ordenado, compuesto de muchos elementos que le dan
un aspecto de multiplicidad y diversidad pero también de orden y armonía. Aquel primer mosaico
roto de la creación se ha restaurado. En el centro el anagrama de JHS (Jesús Hombre Salvador). Él
es el HACEDOR DE LA NUEVA CREACIÓN. Él es el nuevo Adán que restaura lo viejo (Rm 5,
15-19). Todo mira hacia Él. De Él arrancan unas líneas trenzadas en forma de cruz y que se dirigen a
todos los ángulos del mosaico. Son los sarmientos que se nutren de la verdadera vid, que es Cristo
(Jn 15, 1-8), y que naturalmente representan a los bautizados comprometidos con su fe. Por donde
pasan transportan nueva vida, generan paz, justicia, fraternidad... es que su misión es seguir
haciendo el bien, continuar lo que dice San Pedro de Él “que pasó por la tierra haciendo el bien”
(Hch 10, 37-38).
Toda la comunidad cristiana estamos llamados a componer y embellecer este mosaico, figura de la
creación renovada. Para ello, todo comienza y continúa por ser un sarmiento vivo, unido a la cepa
que es Cristo.
La otra forma de verla
En más de una ocasión cuando las he explicado, alguien se me ha adelantado para decirme que ve
en esta vidriera el simbolismo se la Sagrada Eucaristía. Una Sagrada Forma grande con el anagrama
de Cristo y otras tantas fragmentadas. Efectivamente también puede ser válida esta interpretación
muy sencilla por estar alcance de todos.
Pan y vino consagrados que se convierten en el Cuerpo y la Sangre del Señor.

MI AGRADECIMIENTO Y DESEO
Gracias a todos los que estáis colaborando en la conservación de la Iglesia. Sois vosotros los que
cada día la hacéis más acogedora con vuestras ayudas y con vuestra presencia. Quedaría incompleto
este capítulo si no lo hiciera nominal y extensivo a su autor Don Antonio Sáinz que con una mezcla
de profesionalidad, de fe y de cariño, nos ha dejado la obra de sus vidrieras. Lo mismo digo a Doña
Karmele Egileor que ha recreado la obra de pintura de la resurrección de Cristo realizada por El
Greco, dejando constancia de sus buenas cualidades artísticas, además de su generosidad y de su fe.
Todo lo que venimos realizando en nuestra Iglesia contribuye a que nos sintamos bien y a gusto
cuando en ella estamos. Rezar tiene que resultarnos fácil cuando nos reunimos para celebrar el día
de Señor u otro acontecimiento cristiano.
Que este recinto sagrado nos ayude a descubrir la grandeza y la riqueza de la vida interior. El otro
templo espiritual, la otra casa de Dios que somos cada uno de nosotros en el que mora su Espíritu y
que nos hace gritar: “Abba Padre” (Rm 8, 14-15).

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