Levanta el corazón de las profundidades a las que ha caÃdo.pdf

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años de juventud. Tal como los otros yo también había
recuperado edad y notarlo me emocionaba. No me importaba
mucho que la oficina estuviera tan desordenada, que los cables
de los computadores se enredaran en cien vueltas y las rumas
de carpetas se apilaran caóticamente, porque entre todo eso
me pillaba a una sola persona trabajando y eras tú y yo te
preguntaba dónde estaban mis cosas porque mira el desastre
que había y tú movías los hombros como diciéndome
Sepamoya. Nos acercábamos y nos saludábamos. Nos
confundíamos y nos reconocíamos. Y anhelábamos un futuro
que parecía, finalmente, plausible, deseo que se reveló una vez
que tuvimos la oportunidad de mirarnos por horas, sin
pestañear ni distraernos.
Durante la quinta parte seguíamos juntos. Caminábamos por el
patio chico. Yo no quería estar ahí, porque así como antes
empezaba a aparecer un montón de gente y cada tanto alguien
se interponía entre nosotros y cortaba ese fino hilo que nos
había unido por momentos que parecieron etéreos en la oficina
del desorden. Entonces nos separamos, pues muchas
personas, los amigos de infancia, los compañeros, los colegas,
adultos, niños y entidades transparentes, colmaron la escena y
me empujaron al gimnasio del colegio, donde se preparaba
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