REVISTA NUMERO 11 CANDÁS EN LA MEMORIA.pdf


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SAN FÉLIX Y LA SARDINA
Luce en la mañana un cielo azul nítido. Una
contrata de limpieza deambula por el parque
inglés recogiendo las sobras del certamen. Abajo
en Rebolleres una pareja de nostálgicos acomoda las sillas playeras dispuesta a darse un
atracón de sol. Quién sabe si en espera de las
doce para darse el baño que menciona la canción: “…de doce a una se bañan…”. En la calle
que llega hasta el instituto, la de Pepe la Mata,
sólo queda la estructura de los siete puestos
participantes, el sobrante de bebida y algunas
planchas y cachivaches pendientes aún de retirar. Impregnado en el ambiente perdura todavía
el olor residual de las sardinas a la plancha. Una
bandada de gaviotas sobrevuela los contenedores en busca de botín postrero. El cincuenta
festival ha pasado, en jornada previa, a mejor
vida.
No sé de predicciones, ni suelo mirar los vaticinios del tiempo por internet, ni ojear el obsoleto calendario zaragozano, pero si tuviera que
apostar por un pronóstico para el uno de agosto
diría que el agua hará su presencia a lo largo de
la jornada. Bien en forma de aguacero, tal vez de
llovizna, o de prúa, pero lo hará. En esta ocasión
fue la llovizna la que amenizó los prolegómenos.
Siempre argumenté (con humor) desde aquellos años de juventud, cuando con la peña Odín,
primero, y la Furada, después, participábamos
en el festival de la sardina, que el santo estaba un
tanto resabiado y un poquito resentido por falta
de atenciones: una buena ración de sardines
y una botelluca de sidra, como ofrenda, solventarían la obstinación persistente del patrono
en ´bautizarnos´ el día grande de sus fiestas,
pensaba. Creo que hasta lo sugerí en el relato del
año pasado por estas fechas.
Lo que desconocía por entonces y de reciente
me entero fue que allá por los años cincuenta
del pasado siglo, acaso desde antes, solían sacarlo en procesión desde la iglesia hasta un humilde y artesano altar improvisado en el Nodo
viejo.

En su calle. La calle de San Félix. Incluso a la
atardecida había verbena para celebrar el día
grande en el solar donde a posteriori se construyeron las casas de Dionisia.
¡He ahí la cuestión! -me digo-. No puede dejar
de sentirse `pelusero´ San Félix al saberse marginado. Me explico: Si a lo largo del año tienen
lugar la cabalgata de Reyes, las procesiones de
Semana Santa (Salve incluida), Corpus Christi,
la del Cristo y no sé si por Navidad o en fechas
precedentes algún vía crucis más, es comprensible que se sienta desconsiderado. Él es el
patrono del pueblo y se ha quedado un poquito
en el olvido en lo que a deferencias religiosas se
refiere. Quién sabe si retomando esa romería
antigua que iba desde la iglesia a la calle San
Félix, para allí rendirle honores, el santo consideraría reparado su honor. Quizá le desaparecería
la `gafura´ y con ella la lluvia en el día de su
onomástica, y tal vez, complacido, nos ofertaría
una jornada despejada en su totalidad relegando al olvido la incertidumbre y la desazón que
provoca el no saber si se logrará el festival por
la presencia del agua… Bueno, con el resurgir
reciente de cofradías y procesiones ahí lo dejo.
Me adentro en el patio del Poeta. A falta de un
manguerazo purificador apenas quedan vestigios del multitudinario festejo. Cierro los ojos
con la ilusoria pretensión de captar el sonido
remanente, ese trasfondo musical perenne que
a veces uno percibe en el silencio de los lugares.
Busco capturar el eco ya pasado de acordes de
guitarra y voces cantarinas que ayer le alegraban
el cumpleaños a mi mujer. Momentos inolvidables que con el transcurrir de los años uno desea
retener como un preciado tesoro.
Por José Carlos Álvarez

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