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DE RE NOBILIARA

ÁVILA DE LOS CABALLEROS Y DE LOS SANTOS
por D. Alfonso de Figueroa y Melgar, Duque de Tovar

A veinte leguas de Madrid, en la Vieja Castilla que hace a sus hombres y los gasta, alzase Ávila de los Caballeros.
Ávila, la de los Santos,

y las torres y los templos,

la guarnida de altos muros
y muy nobles caballeros(1)

Antiguos cronistas, no se sabe bien si llevados de su amor a la verdad o de su devoción a la
mística ciudad, afirman que Ávila fue fundada, antes que Roma, por Hércules, y según otros por su
hijo Alcideo, quien púsole el nombre de Obila o Abila, por ser éste el de su madre.

Lo cierto es que ya en tiempos muy antiguos, bajo la dominación romana, se tiene noticia
de su existencia. Perdida tras la rota del Guadalete,
fue varias veces ganada y otras tantas, vuelta a caer en manos de muslimes, hasta su definitiva reconquista por el Conde Don Sancho.

Por hallarse las Extremaduras en el siglo X,
más o menos a la altura de Ávila, arrastró la ciudad
precaria vida hasta su repoblación por el Conde
Don Ramón de Borgoña, yerno de Alfonso Vi de
Castilla el de la mano horadada.

Por entonces, y en el año 1090, se inició la
obra de la muralla, su más célebre construcción,
siendo los arquitectos Casandro el Romano y Florín
de Pituenga, francés de nación. En menos de diez
años, trabajando en ellas cientos de cautivos y no
pocos cristianos, acabáronse las obras. Mide el recinto murado 2.526 metros, siendo solo comparable en magnitud y poder al de Carcasona, en la
Septimania.

Junto a sus adarves fue destronado en efigie Don Enrique el Lunero, siniestro Rey de Castilla, por el arzobispo de Toledo don Alfonso Carrillo,
don Juan Pacheco y otros primates, hartos de sus

veleidades y mal gobierno.

Tras las murallas de la vieja ciudad, sus retorcidos callejones se nos muestran llenos de encanto. Por sus calles se nos imagina el paso de
monjes vestidos de pardo sayal, de altivos caballeros y bellas damas de vistoso atavío. Nos parece
vislumbrar al desdichado don Diego de Bracamonte
camino del cadalso, sobre una mula enlutada y él
con un capuz o caperuza de bayeta y las manos
atadas con un listón, y una cadena en un pie, delante de los sayones que a grandes voces publican:
Esta es la justicia que manda hacer el Rey nuestro
Señor, con este hombre que hizo público desacato
de su grandeza y poder(2).

En el recodo de una calleja, dos caballeros
pelean, desnudos los aceros; son de distinta cuadrilla, el uno de la de Blasco Ximeno, el otro de la de
Esteban Domingo. Era tal la belicosidad de los abulenses, que para mejor defenderse unos de otros,
se agruparon en dos bandos o cuadrillas: la de
Blasco Ximeno, Dávilas del blasón de seis roeles, y
la de Esteban Domingo, Dávilas de trece roeles. Se
llamará avilés en esta tierra, al que más hábil-es
para la guerra.

Difícil tarea es para mí bosquejar en un artículo las maravillas arquitectónicas, pequeñas y
grandes, que contiene la ciudad, ya que no hay una
piedra allí que no me importe.
Al fondo, dominando el caserío, se eleva la
catedral, enhiesta mezcla de templo y fortaleza. Comenzada en la décima centuria, y posteriormente
destruida, la reedificó Alfonso VI. Con restos de románico, en su mayoría es de estilo gótico primitivo.
Tras el altar mayor está el sepulcro alabastrino de
Alfonso de Madrigal, el que tanto escribió.

La trashumante corte de Fernando e Isabel,
en Ávila fincó varias veces, y en ella, en soberbio
sepulcro, mandan enterrar los restos del Infante
Cuadernos de Ayala 76 - OCT/2018 [5]