EXHORTACIÓN APOSTÓLICA FAMILIARIS CONSORTIO (1).pdf


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favorezcan el recto orden social en el pleno respeto de la dignidad y de la
legítima libertad del individuo y de la familia, a nivel nacional e internacional, y a
la colaboración con la escuela y con las otras instituciones que completan la
educación de los hijos, etc.
III - AGENTES DE LA PASTORAL FAMILIAR
Además de la familia —objeto y sobre todo sujeto de la pastoral familiar— hay
que recordar también los otros agentes principales en este campo concreto.
Obispos y presbíteros
73. El primer responsable de la pastoral familiar en la diócesis es el obispo.
Como Padre y Pastor debe prestar particular solicitud a este sector, sin duda
prioritario, de la pastoral. A él debe dedicar interés, atención, tiempo, personas,
recursos; y sobre todo apoyo personal a las familias y a cuantos, en las diversas
estructuras diocesanas, le ayudan en la pastoral de la familia. Procurará
particularmente que la propia diócesis sea cada vez más una verdadera «familia
diocesana», modelo y fuente de esperanza para tantas familias que a ella
pertenecen. La creación del Pontificio Consejo para la Familia se ha de ver en
este contexto; es un signo de la importancia que yo atribuyo a la pastoral de la
familia en el mundo, para que al mismo tiempo sea un instrumento eficaz a fin
de ayudar a promoverla a todos los niveles.
Los obispos se valen de modo particular de los presbíteros, cuya tarea —como
ha subrayado expresamente el Sínodo— constituye una parte esencial del
ministerio de la Iglesia hacia el matrimonio y la familia. Lo mismo se diga de
aquellos diáconos a los que eventualmente se confíe el cuidado de este sector
pastoral.
Su responsabilidad se extiende no sólo a los problemas morales y litúrgicos, sino
también a los de carácter personal y social. Ellos deben sostener a la familia en
sus dificultades y sufrimientos, acercándose a sus miembros, ayudándoles a ver
su vida a la luz del Evangelio. No es superfluo anotar que de esta misión, si se
ejerce con el debido discernimiento y verdadero espíritu apostólico, el ministro
de la Iglesia saca nuevos estímulos y energías espirituales aun para la propia
vocación y para el ejercicio mismo de su ministerio.
El sacerdote o el diácono preparados adecuada y seriamente para este
apostolado, deben comportarse constantemente, con respecto a las familias,
como padre, hermano, pastor y maestro, ayudándolas con los recursos de la
gracia e iluminándolas con la luz de la verdad. Por lo tanto, su enseñanza y sus
consejos deben estar siempre en plena consonancia con el Magisterio auténtico
de la Iglesia de modo que ayude al pueblo de Dios a formarse un recto sentido
de la fe, que ha de aplicarse luego en la vida concreta. Esta fidelidad al
Magisterio permitirá también a los sacerdotes lograr una perfecta unidad de
criterios con el fin de evitar ansiedades de conciencia en los fieles.
Pastores y laicado participan dentro de la Iglesia en la misión profética de Cristo:
los laicos, testimoniando la fe con las palabras y con la vida cristiana; los
pastores, discerniendo en tal testimonio lo que es expresión de fe genuina y lo
que no concuerda con ella; la familia, como comunidad cristiana, con su peculiar
participación y testimonio de fe. Se abre así un diálogo entre los pastores y las
familias. Los teólogos y los expertos en problemas familiares pueden ser de gran