EXHORTACIÓN APOSTÓLICA FAMILIARIS CONSORTIO (1).pdf


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para la comunidad cristiana y de nuevas inquietudes injustificadas para la
conciencia de los esposos; se caería en el peligro de contestar o de poner en
duda la sacramentalidad de muchos matrimonios de hermanos separados de la
plena comunión con la Iglesia católica, contradiciendo así la tradición eclesial.
Cuando por el contrario, a pesar de los esfuerzos hechos, los contrayentes dan
muestras de rechazar de manera explícita y formal lo que la Iglesia realiza
cuando celebra el matrimonio de bautizados, el pastor de almas no puede
admitirlos a la celebración. Y, aunque no sea de buena gana, tiene obligación de
tomar nota de la situación y de hacer comprender a los interesados que, en tales
circunstancias, no es la Iglesia sino ellos mismos quienes impiden la celebración
que a pesar de todo piden.
Una vez más se presenta en toda su urgencia la necesidad de una evangelización
y catequesis prematrimonial y postmatrimonial puestas en práctica por toda la
comunidad cristiana, para que todo hombre y toda mujer que se casan, celebren
el sacramento del matrimonio no sólo válida sino también fructuosamente.
Pastoral postmatrimonial
69. El cuidado pastoral de la familia normalmente constituida significa
concretamente el compromiso de todos los elementos que componen la
comunidad eclesial local en ayudar a la pareja a descubrir y a vivir su nueva
vocación y misión. Para que la familia sea cada vez más una verdadera
comunidad de amor, es necesario que sus miembros sean ayudados y formados
en su responsabilidad frente a los nuevos problemas que se presentan, en el
servicio recíproco, en la coparticipación activa a la vida de familia.
Esto vale sobre todo para las familias jóvenes, las cuales, encontrándose en un
contexto de nuevos valores y de nuevas responsabilidades, están más
expuestas, especialmente en los primeros años de matrimonio, a eventuales
dificultades, como las creadas por la adaptación a la vida en común o por el
nacimiento de hijos. Los cónyuges jóvenes sepan acoger cordialmente y valorar
inteligentemente la ayuda discreta, delicada y valiente de otras parejas que
desde hace tiempo tienen ya experiencia del matrimonio y de la familia. De este
modo, en seno a la comunidad eclesial —gran familia formada por familias
cristianas— se actuará un mutuo intercambio de presencia y de ayuda entre
todas las familias, poniendo cada una al servicio de las demás la propia
experiencia humana, así como también los dones de fe y de gracia. Animada por
verdadero espíritu apostólico esta ayuda de familia a familia constituirá una de
las maneras más sencillas, más eficaces y más al alcance de todos para
transfundir capilarmente aquellos valores cristianos, que son el punto de partida
y de llegada de toda cura pastoral. De este modo las jóvenes familias no se
limitarán sólo a recibir, sino que a su vez, ayudadas así, serán fuente de
enriquecimiento para las otras familias, ya desde hace tiempo constituidas, con
su testimonio de vida y su contribución activa.
En la acción pastoral hacia las familias jóvenes, la Iglesia deberá reservar una
atención específica con el fin de educarlas a vivir responsablemente el amor
conyugal en relación con sus exigencias de comunión y de servicio a la vida, así
como a conciliar la intimidad de la vida de casa con la acción común y generosa
para edificación de la Iglesia y la sociedad humana. Cuando, por el advenimiento