LA PUERTA VEDADA (CUENTOS).pdf

Vista previa de texto
La puerta vedada
estaba cansado de no ver ni siquiera una monedita
en los cajones. –¿No será que no le ponés ganas a
tus rezos, compadre? –Ya me cansé de ir al cerro y
desde aquella vez que aparecieron los cien pesos, no
veo que salga nada. ¿No será que estás perdiendo
tus poderes? –¿Desconfías de mí? ¿No ves que por
ayudarlos casi vivo aquí en tu casa, sacrifico mis
viernes y no duermo esos días con tal de que ustedes
sean ricos? –Pues te lo agradezco mucho, compadre,
–le dije– pero yo no voy a traer más copal; ya no
quiero tener dinero, estoy más cansado que cuando
voy a trabajar como peón. Entonces, mi mujer, que
estaba escuchando, se enojó conmigo y me dijo:
–¡Haragán! ¿Cómo te vas a cansar de ir acá tan
cerquita? Si ya no quieres ir al cerro, yo voy a ir
con mi compadre y tú te vas a quedar aquí rezando.
También así se puede. ¿Verdad compadre? –Sí, sí
comadrita.
–Y por eso es que estoy solito, compa, mi hijita se
duerme temprano, ellos se van por el copal y yo me
quedo aquí rezando. Pero mira que ya va para un año
y solamente una vez me han dado dinero los cajones,
pero mucho menos de lo que gano. ¡Yo creo que tiene
razón mi mujer: estamos salados!
2 53 1
