LA PUERTA VEDADA (CUENTOS).pdf

Vista previa de texto
La puerta vedada
paso. Ella era nuevamente lo que deseó siempre: ser
libre. Nadie fue tras ella. Nadie la vio después.
II
En la selva, el felino acecha a su presa. Su instinto
le hace descubrir un cachorro que dormita lejos de
su madre. Un cervatillo que intenta huir. El felino a
punto de lanzarse escucha –¡no¡ ¡no lo mates! es muy
pequeño todavía. El obedece y sacia su hambre con
los restos de un animal que otro no terminó de comer.
De pronto, un disparo le llega al corazón, directo,
fulminante; alza los ojos y ve al cazador: la misma
mirada del juez, del temido hombre amado. El parece
reconocerla. Agoniza. Lo ve fijamente con esa misma
mirada que interroga, suplica, recuerda, reta…dice
adiós al hacedor de reglas, la voz amada se pierde
entre su agonía mientras recupera el idioma del
submundo que habita. –Ven,– le dice al ave solitaria
–Llévame contigo, dentro de ti pero vuela alto, muy
alto. Llévame hasta donde el hombre no nos alcance.
Donde las reglas y la mano del hombre no nos hagan
regresar.
La luna llena de octubre dibujó la silueta del ave que
voló, voló, voló, hasta perderse. Mientras su cerebro
repetía la sentencia: –eres una rebelde, no hablas con
el respeto que nos debes, no obedeces, no te cubres el
rostro, has profanado nuestras leyes… que tu cuerpo
libre... libre... libre
2 29 1
