LA PUERTA VEDADA (CUENTOS).pdf


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Clara del Carmen Guillén

con sólo posarse fijamente en ese punto exacto: su
boca. La boca de él que ahora daría la sentencia.
Hombre al fin, el hacedor de reglas. El hombre que
ella amó sin cortapisas, el que mató sus sueños.
El hombre recuperó el aplomo. Era el juez, no podía
ser de otra forma. Nada de sentimentalismo –se dijo.
–Mujer ya has hablado, te hemos dado la palabra y
con ella nos has hecho entender tu situación. Eres
una rebelde. No cabe en tu voluntad el respetar las
reglas, nuestras reglas. No hablas con el respeto que
nos debes. No te cubres el rostro. Has profanado
nuestras costumbres al caminar sola por la noche.
Has mirado con reto. Se te condena a morir para que
tu cuerpo quede libre de pecado.
Salwa seguía viendo el movimiento de sus labios.
Escuchaba a lo lejos su voz, pero estaba viajando a
donde quería llegar. No era ese su mundo. Su libertad
no tenía que ver con esos labios amados. Ahora
hablaba el idioma distante del espacio que habitaba
desde mucho tiempo atrás –ven– le dijo al felino que
se acercaba a ella. –Ven, llévame contigo, dentro de ti
como hace mucho. Ya no te escondas, el hombre no te
hará más daño; yo seré tu guía. Tú serás mi cuerpo.
Ven…
Ella se fue lentamente, descalza; se quitó las ropas y
salió desnuda. Igual que entonces, nadie le impidió el

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