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La puerta vedada

Dentro de tí

¡

– Pase la acusada! dijo el hombre con severidad. La
mirada de la joven penetró a su mundo. ¡Esa mirada!
No acertaba a disimular su asombro, pero era el juez,
el de la última palabra. Percibió algo en ella, algo
demasiado familiar que atrapó sus pensamientos,
jaló presencias y vio lo que quería ver: los ojos de
su amada. Aquella que le arrebató la alegría de vivir;
la misma que desapareció misteriosamente, sin dejar
rastro.
Sí, después de más de treinta años, de aquel escándalo
siniestro que marcó su destino, ahí la tenía, enfrente:
acusada de haberse descubierto el rostro, de haber
sido la única capaz de ver fijamente, de igual a igual
a su hombre; de no inclinarse ante él. Ella, Salwa era
otra, realmente era otra, no podía ser ella, imposible,
pero tenía su mirada y eso, eso cambiaba todo.
Para no perder su autoridad y recuperar la calma, el
juez extendía papeles y simulaba ordenarlos, pero la
joven no bajaba la vista. Lo seguía como si de sus
ojos brotaran preguntas, súplicas, recuerdos, retos;
unas ansias incontenibles de llorar, que controlaba

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