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La puerta vedada
La puerta vedada
Siempre es conmovedor el ocaso/por indigente o charro que
sea,/pero más conmovedor todavía/es aquel brillo desesperado
y final/que herrumbra la llanura/cuando el sol último se ha
hundido./Nos duele sostener esa luz tirante y distinta,/esa
alucinación que impone al espacio/el unánime miedo a la
sombra/y que cesa de golpe…
Jorge Luis Borges
El calor sofocante del mediodía resecó mi garganta.
Necesitaba agua, mucha agua para saciar la sed y
refrescar mi cuerpo; el camino se metía a mis ojos
inclemente, indiferente a mi desesperada necesidad
de sombra: ni árboles, ni una casa, ni una sola señal
de vida. Esperé en vano sentado sobre el pastizal
seco, tenía que buscar una salida, una solución: diez
horas caminando, los pies hinchados, la boca seca me
lo exigían; también la imperiosa necesidad de estar
fuera de ese ambiente completamente desconocido
por mí, acostumbrado a vivir en la hermosa montaña,
rodeado de cascadas, vegetación fecunda, con un río
caudaloso y limpio, lleno de rápidos.
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