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Los agresores, en cambio, disponen de más ventaja, pues no tienen que exponerse como en el bullying tradicional,
añade el académico español. “El medio virtual facilita la generalización del daño, su permanencia y la ampliación
de la audiencia”. Otro rasgo que hace más peligroso al acoso digital es que éste puede adoptar formas más
elaboradas, provenir de varios agresores y pasar inadvertido ante los profesores.
Avilés señala que “los ciberacosadores pueden tener una relación con sus maestros aparentemente buena y pasar
más desapercibidos que quienes son agresores presenciales, tradicionalmente en papeles conflictivos e
indisciplinados”. A esto hay que añadir la brecha digital que suele haber entre adolescentes y adultos, y las
dificultades para rastrear a un usuario de medios digitales.
Según Ramiro Macías en el bullying presencial es mucho más fácil identificar al acosador, a la víctima y a los
testigos. Pero cuando se da a través de dispositivos móviles o Internet no se sabe quiénes están incluidos o si el
agresor es uno solo o varios. Lo más riesgoso del ciberacoso es el anonimato y la invasión de la intimidad.
La Policía de Ciberdelincuencia Preventiva de la Secretaría de Seguridad Pública del Distrito Federal realizó el
sondeo “Hábitos de navegación a través de Internet en diversas escuelas de nivel básico en la capital del país”. En
este sondeo se halló que 30% de los menores encuestados fueron objeto de prácticas de acoso en las redes de
comunicación digital. Las principales líneas de trabajo de esta institución —que no se limita al ciberacoso—
incluyen el monitoreo de estos medios, charlas informativas y emisión de alertas preventivas.
Más estudios
Los psicólogos han estudiado el hostigamiento conocido como bullying desde los años 70, a partir de los trabajos
pioneros del investigador noruego Dan Olweus (ver ¿Cómo ves? No. 143), pero el hostigamiento cibernético
apenas comenzó a abordarse en 2002. Faltan instrumentos para evaluarlo y los que hoy se aplican no están
estandarizados, lo cual arroja resultados dispares. Una muestra son las grandes variaciones en las cifras de
ciberacoso reportadas por países distintos. Algunos estudios en Europa, México y Brasil indican que hasta 83%
de los alumnos han lidiado en alguna forma (como actores o espectadores) con el acoso presencial, según exponen
los autores del artículo “Ciberbullying, forma virtual de intimidación escolar”, publicado en 2011 en la Revista
Colombiana de Psiquiatría. El equipo dirigido por Gerardo García, de la Universidad Autónoma de Tamaulipas, cita
otros estudios para establecer el panorama del acoso en línea. Por ejemplo, en España, Canadá y Estados Unidos
se ha encontrado que uno de cada cuatro estudiantes está involucrado en este problema como víctima, agresor o
las dos cosas.
En 2010, García y sus colegas realizaron una encuesta a 603 alumnos de secundaria en Tamaulipas. Encontraron
que 3.5% de ellos habían sido víctimas de ciberacoso, 2.8% cometieron esta clase de agresión y 1.3% habían
participado con un rol mixto. El 3% de los involucrados fueron varones y el resto mujeres. La mayoría cursaban el
segundo año de secundaria. En su tesis de licenciatura dirigida por la maestra Figueroa, Susana Avendaño,
egresada de la Facultad de Psicología de la UNAM, aplicó un cuestionario de acoso cibernético a una muestra de
300 alumnos que cursaban educación media superior en escuelas de la UNAM ubicadas en el Distrito Federal.
Avendaño observó que el promedio de víctimas fue alrededor del 16%. Los principales medios de agresión fueron
llamadas telefónicas silenciosas e insinuaciones sexuales. Un 5% se consideraron agresores. El porcentaje fluctuó
más en el caso de los espectadores: de 27% hasta 60%, según la modalidad. Avendaño también encontró que la
plataforma más usada para cometer ciberacoso fue el teléfono celular (más que Internet) y que los familiares y
amigos constituyen el principal apoyo de la víctima (63% de los casos), aunque éste es pasivo y sólo incluye
consejos como cambiar de chip, dejar de usar el aparato o no hacer caso del suceso.
Eduardo Weiss Horz ha notado, tras aplicar sus estudios, que en los varones la agresividad y la violencia tienen
relación sobre todo con la experimentación de la masculinidad, mientras en el caso de las jóvenes las agresiones
suelen ser de tipo verbal.
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