El Cid Campeador Simplemente Rodrigo 5C.pdf


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y yelmo en el suelo, a mi derecha. La espada que me dio mi madre, y que
pertenecía a mi padre, está en las manos del rey. Intento controlarme para
que no se me salten las lágrimas. ¡Qué orgulloso estará mi padre en estos
momentos, viéndome desde la gloria que, seguro, le ha concedido nuestro
señor Jesucristo! Me produce una gran pena que no pueda estar aquí
conmigo. También pienso en mi madre, no tuve tiempo ni de avisarle de
que iba a ser nombrado caballero. Casi mejor, ya que se habría empeñado
en venir a Zamora y ya está mayor para estos andares. Le escribiré una
carta contando la buena nueva cuando me encuentre de nuevo en León.
—Yo, Fernando I de León, Castilla, Galicia y Portugal me encuentro
aquí, apadrinando el nombramiento como caballero de Don Rodrigo Díaz,
natural de Vivar, castellano de pura cepa y de noble sangre. Hijo de Diego
Laínez, noble caballero que luchó para ampliar las fronteras de nuestro
reino. Este hombre, que va a ser nombrado caballero, ha demostrado en
batalla su bravura y su lealtad al reino y a mí mismo. Yo, personalmente,
puedo dar fe de su fidelidad sin ningún tipo de reproche. También, puedo
dar fe de su devoción cristiana sin tacha. No obstante pido, a los aquí
reunidos, que si alguien conoce motivo importante para no realizar este
nombramiento, lo comunique en este preciso instante. Cualquiera que calle
a sabiendas de que el apadrinado no es merecedor de la confianza del reino,
estará cometiendo grave delito contra el rey.
El silencio en el templo era sepulcral.
—Rodrigo Díaz —apoya el rey la espada en mi hombro derecho—, en el
nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo— me toca con la espada en
el otro hombro, en la cabeza y vuelve a mi hombro derecho—, te nombro
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