Diario personal de Skye Duncan.pdf


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saludaba con alegría y me presentaba. Después de unos minutos de charla con ellos, me miraba y sonreía.
Yo estaba completamente incómoda y me sentía fuera de lugar. Sí, todos eran científicos, expertos en sus
campos... pero era una reunión social y... no aguanté. Juro que lo intenté por él, por verle sonreírme así.
Acabé acercándome a él y diciéndole que me retiraba, que aparte de que ese no era mi lugar, aún debía
terminar la exposición y los pequeños llevaban toda la tarde solos en su trasportín, querrían salir un poco.
Recuerdo que, mientras subía en el ascensor, me arrepentía de aquella decisión, pero ya era tarde. Solté a los
chicos y jugué con ellos un rato antes de ponerme a redactar, el tiempo se agotaba. Pasadas unas dos
horas, llamaron a la puerta y se identificaron como "el servicio de habitaciones y que me traían la cena".
Abrí la puerta y era Knox, con unos paquetes de hamburguesas en las manos y refrescos. Cenamos entre
risas y se retiró a su cuarto bastante tarde.
Minutos después, cuando yo ya estaba en la cama y ya había dado unas cuantas vueltas en ella por no
poder dormir pensando en Curt y las últimas noches juntos, llamaron a la puerta. Esta vez sí dijo que era
él. Le abrí preocupada y entró corriendo, cerrando la puerta tras de sí. Hablaba precipitadamente y
prácticamente me llevó en volandas a la cama, no era capaz de entender lo que me decía. Me recostó en ella y
se metió en la cama por el otro lado. Había venido desde su dormitorio en pijama. Nos tapó a ambos con la
sábana hasta la cabeza y me chistó cuando quise preguntarle qué pasaba.
"No digas nada." - me susurró nervioso. - "No quiero dormir solo. Hay monstruos debajo de la cama y en
el armario de mi cuarto... Los he visto... Déjame dormir contigo hoy... por favor". Si Danielle, por increíble
que parezca... y cómo decirle que no, si estaba deseando estar a su lado. Se quedó acurrucado a mí y nos
quedamos dormidos.
El día 17, desperté antes que Curtis. Esta vez era yo la que se había abrazado a él mientras dormía. Sonreí
feliz, era como un sueño... Con cuidado salí de la cama y me vestí, cogí el zurrón y me salí a correr con los
chicos antes de que el sol comenzase a controlar la ciudad. Cuando regresé a mi cuarto, Knox ya no estaba.
Me había dejado una nota, dándome las gracias por protegerle de los monstruos y que esperaba que ese
fuese nuestro secreto. Añadió que me esperaría abajo para desayunar juntos.
La verdad es que casi no paramos en todo, entre charlas, debates y proyecciones el tiempo se esfumó.
Cuando vi que se iniciaba otra reunión social, me despedí de Curtis y es que aún no había acabado con su
discurso y le tocaba exponerlo al día siguiente. Acabé al tiempo que aparecía con pizza y las botellas de
alcohol del mini-bar de su dormitorio. Leímos el discurso juntos y corregimos algunas erratas. Luego se
puso a ensayarlo mientras cenábamos. Como no, hizo el payaso en varias ocasiones, haciéndome reír como
una niña.
Luego se desvistió deprisa en se metió en mi cama, golpeando con su mano el hueco libre. Me preguntó si
sería tan malvada y cruel como para hacerle ir a su habitación, la cual estaba llena de monstruos, a esas
horas, por un pasillo que seguro que algún fantasma recorría, en busca de su pijama... y más aún a
sabiendas que iba a volver después de cogerlo. Me había puesto como un tomate y me metí en el baño un
rato. Por un lado quería chillar eufórica y por otro meter la cabeza en un agujero y no sacarla nunca más.
Finalmente me puse el pijama en el baño y me metí en la cama junto a él, quien estaba releyendo el
discurso. Con un gesto natural, me pasó el brazo por encima de los hombros y me hizo apoyar la cabeza
contra la suya, mientras seguía leyendo aquello. Me quedé dormida enseguida en sus brazos.
Día 18. Al despertar Knox ya no estaba, cosa que en parte me alegró pues me hubiese dado muchísima
vergüenza verle de nuevo en calzoncillos. Me vestí para salir a correr con los peques y al llegar a la entrada
del hotel me lo encontré allí, listo para correr también. Con cierto aire "despistado" se hizo el encontradizo de
una manera muy ridícula e infantil y salimos a correr los cinco por Chicago. Jamás había disfrutado tanto
de una carrera y menos aún pensado que Curt pudiese aguantar tanto tiempo corriendo seguido... aunque
creo que los últimos minutos antes de decirle que si parábamos un poco, los corrió más por orgullo que por
aguante.
El día transcurrió de manera similar al anterior, con la salvedad de que a Knox le tocó dar la charla y, lejos
de mi intención de permanecer con el resto de asistentes como público, Curtis se aseguró de que estuviese en
el escenario, junto a él, en el lugar más visible de todos. El foco de luz disimuló mi rostro enrojecido por la
vergüenza de estar allí arriba, pero hizo más visible mi tic... además, no podía dejar de sonreír aunque
hubiese querido, teniendo a Knox tan cerca y escuchando lo bien que sonaban aquellas palabras con su voz.
Me sentí realmente orgullosa de él por su magnífica exposición y por mí, pues incluso tuvo más éxito del que
esperaba.
Esta vez no tenía excusa para irme y Knox parecía no querer que así lo hiciese, pues agarró mi mano y no
me soltó en ningún momento, mientras nuestros colegas científicos se acercaban a felicitar a Curtis por sus