alejandro dumas el hombre de la mascara de hierro (1).pdf


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acabará conmigo! ¡Ese hombre me hace sombra! ¡es mi mortal enemigo! ¡Oh! ¡no hay
remedio para él!... ¡Le odio!... ¡le odio!... ¡le odio!...
Y al decir esto, aquel rey tan grande descargaba una granizada de puñetazos en el brazo
del sillón en el cual se sentaba para volver a levantarse como un epiléptico.
––¡Mañana! ¡mañana! ––rugió Luis XIV.
––¡Oh! ¡qué hermoso día el de mañana! Y con modestias digna de un rey, añadió:
––Cuando el sol se levante, sin más rival que yo, ese hombre caerá tan hondo que al ver
las gentes los estragos causados por mi cólera, dirán por fin que soy más grande que él.
Incapaz de dominarse, el rey Luis XIV puso de un soberbio puñetazo patas arriba una
mesita situada junto al su cama, y perdido el aliento, vestido como estaba, se tiró sobre
las sábanas y la emprendió a mordiscos con ellas para hallar por ese sistema el reposo del
cuerpo.
El lecho gimió bajo aquel peso, y, aparte algunos suspiros escapados del pecho del rey,
todo quedó en silencio en el templo de Morfeo.
LESA MAJESTAD
El exaltado furor que se posesionó del rey al ver y leer la carta de Fouquet a La Valiére,
poco al poco se resolvió en una fatiga dolorosa.
Allí donde el hombre maduro en su virilidad, o el anciano en su endeblez, hallan continuo alimento a su dolor, el joven, sorprendido por la súbita revelación del mal, se enerva
gritando, luchando cuerpo a cuerpo, y se deja vencer más pronto por el inflexible enemigo.
Luis quedó vencido en un cuarto de hora; dejó de acusar con violentas palabras a Fouquet y a La Valiére, y después de haber pasado del furor al despecho, cayó en la postración; tendió los brazos a lo largo del cuerpo, apoyó lánguidamente la cabeza en la almohada de encajes, sus fatigados miembros se estremecieron a impulsos de ligeras contracciones musculares, y de su pecho no partieron ya sino raros suspiros.
El dios Morfeo, que imperaba en aquel aposento besó al rey que cerró suavemente los
ojos y se durmió.
Como suele suceder durante el primer sueño, tan ligero que levanta de la cama el cuerpo y remonta el alma hacia las regiones superiores, al Luis le pareció que el dios Morfeo
pintado en la bóveda le miraba con ojos humanos, que en el techo brillaba y se agitaba
algo; que los sueños siniestros, por un instante alejados de su sitio dejaban al descubierto
su rostro de hombre con la taríon contemplativa. Y lo más extraño era que aquel hombre
se parecía por manera tan extraordinaria al rey, que Luis tuvo por seguro que veía su propia imagen reflejada en un espejo. Luego le pareció que poco a poco la bóveda iba subiendo, que las figuras y los atributos pintados por Le Brun se obscurecían a causa de un
alejamiento progresivo, y que a la inmovilidad de la cama había seguido un movimiento
suave, cadencioso como el del duque que se sumerge. El rey creyó que estaba soñando,
mientras, la corona de oro que sujetaba las colgaduras de la cama iba alejándose como la
cúpula de la cual estaba aquélla suspendida.
La cama seguía hundiéndose más y más Luis, con los ojos abiertos, se dejaba engañar
por aquella terrible alucinación. Por fin la luz de la cámara real casi se obscureció del todo, y algo frío, sombrío, inexplicable invadió el ambiente. Pinturas, oro, colgaduras de
terciopelo, todo desapareció, en su lugar no se veían sino paredes de un color gris apaga-