alejandro dumas el hombre de la mascara de hierro (1).pdf


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––¡Cómo! ––prosiguió D'Artagnan, ––¿el señor Fouquet se arruina para daros gusto y
mandáis que lo arresten? ¡Voto a mil bombas! Sire, si yo me llamase Fouquet, y me
hiciesen una jugarreta como esa, de un golpe me tragaría diez cohetes y les pegaría fuego
para que mi casa y cuantos en ella estuviesen dentro, estallásemos. Pero es igual; ¿lo
queréis? voy allá.
––Id ––dijo el rey.
––¿Suponéis vos que voy a llevarme conmigo alguno, Sire? Arrestar al señor Fouquet
es tan fácil, que un muchacho lo haría; tan fácil como beberse un vaso de ajenjo. No
cuesta más que hacer una mueca.
––¿Y si se defiende?
––¿Quién? ¿Quién? ¿El? ¡Bah! ¡Defenderse él cuando tal rigor lo convierte en rey y
mártir! Apuesto que si le queda un millón, lo cual dudo, lo daría para tener tal fin. Voy
allá, Sire. ––Aguardaos ––dijo el rey.
––¿Qué pasa?
––No hagáis público su arresto.
––Eso ya es más difícil. Porque nada hay tan sencillo como ir a buscarle en medio de
las mil personas entusiastas que lo rodean, y decirle que le arresto en nombre del rey. Pero ir al su encuentro, rodearlo, acorralarlo en un rincón de su despacho para que no se escape; rotarlo a sus huéspedes, y conservároslo preso, sin que nadie haya escuchado una
de sus exclamaciones, esa es una dificultad real y verdadera, que el diablo que la venza.
––Decid también que es imposible, y acabaréis más pronto. No parece sino que cuantos
me rodean quieran oponerse a mi voluntad.
––No seré yo quien me oponga a ella. ¿Queréis que arreste al señor Fouquet?
––Custodiadlo hasta mañana, que habré tomado una resolución.
––Se cumplirá vuestro deseo, Sire.
––Volved a la hora de levantarme para recibir órdenes.
––Volveré.
––Y ahora que me dejen solo.
––¿Ni siquiera queréis que entre el señor Colbert? ––dijo el mosquetero lanzando su
última saeta en el instante de marcharse.
El rey se estremeció. Entregado en cuerpo y alma a su venganza, había olvidado el
cuerpo del delito.
––¡No quiero que entre aquí persona alguna! ––exclamó ––Dejadme.
Apenas salió D'Artagnan, el monarca cerró con sus propias manos la puerta, y empezó
al pasearse desaforado por el dormitorio, cual todo herido que lleva clavadas en sus espaldas las banderillas.
––¡Miserable! ––exclamó el rey a gritos ––no sólo roba el dinero de mi hacienda sino
que también con el dinero robado soborna secretarios, amigos, generales, artistas, y me
quita mi amante. Por eso la pérfida le ha defendido con tanto tesón...
¡Claro!... Con ello ha mostrado su agradecimiento... y quién sabe su amor... ––y añadió
ente sí y con el odio profundo que la primera juventud profesa a los hombres maduros
que aun piensan en el amor: ¡Un sátiro un fauno dado al galanteo y que nunca ha hallado
oposición! ¡Un mujeriego que regala florecitas de oro y diamantes, y tiene pintores para
hacer el retrato de sus meretrices en traje de diosas! ––Y estremeciéndose de desesperación, prosiguió a grito pelado: ––¡Todo lo mío lo mancilla y lo destruye! ¡todo! ¡y por fin