alejandro dumas el hombre de la mascara de hierro (1).pdf


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Aramis y Felipe estaban en su cuarto, ojo avizor y oído atento. El rey no dejó que su
capitán de mosqueteros llegase a su sillón. Al verlo, se levantó y salió a su encuentro, diciéndole:
––Que no entre nadie.
––Está bien, Sire ––replicó el soldado, que hacía largo rato notó la alteración de la fisonomía del rey. Y después de haber dado desde la puerta la orden, añadió: ––¿Qué novedades ocurren, Sire?
––¿Cuántos hombres tenéis aquí? ––dijo el rey, sin responder a la pregunta del gascón.
––¿Para qué, Sire?
––¿Cuántos hombres tenéis aquí? ––repitió el soberano dando una patada.
––Tengo al los mosqueteros.
––¿Ninguno más?
––Sí, Sire, además de los mosqueteros, hay en Vaux veinte guardias y trece suizos.
––¿Cuántos hombres se necesitan para...?
––¿Para qué? ––preguntó el mosquetero mirando al rey con toda tranquilidad.
––Para arrestar al señor Fouquet.
––¡Arrestar al señor Fouquet! ––prorrumpió D'Artagnan retrocediendo un paso.
––¿También vos vais a decirme que es imposible? ––exclamó Luis XIV con rabia fría y
rencorosa.
––Nunca digo que una cosa sea imposible ––replicó el gascón mortificado en lo vivo.
––Pues manos a la obra.
D'Artagnan dio medio vuelta y se encaminó al la salida, de la que no le separaban más
de seis pasos. Pero al llegar a la puerta se detuvo y dijo:
––Con perdón, Sire.
––¿Qué hay? ––dijo el rey.
––Para proceder al arresto del señor Fouquet, querría que Vuestra Majestad me diese la
orden por escrito.
––¿Por qué? ¿desde cuándo no os basta la palabra de un rey? ––Porque cuando la palabra de un rey es hija de la cólera, puede cambiar cuando esta desaparece.
––Nada de frases, caballero, y decid claramente vuestro pensamiento.
––Siempre los tengo, Sire, y muchos, y como por desgracia no los tienen los demás, ––
replicó impertinentemente el mosquetero.
El rey, en el furor de su arrebato, se plegó ante aquel hombre, como el caballo doblega
los corvejones bajo la robusta mano del domador.
––¡Expresadme vuestro pensamiento! ––exclamó el rey.
––Ahí va, Sire respondió D'Artagnan. ––La señal más evidente de que obráis sugestionado por la cólera, es que hacéis arrestar a un hombre estando vos en su casa, y de eso os
arrepentiréis una vez sosegado. Entonces quiero poder mostraros vuestra firma; porque a
lo menos, ya que no queda reparación, os probará que un rey hace mal en encolerizarse.
––¡Qué un rey hace mal en encolerizarse! ––gritó Luis XIV con frenesí. ––¿Acaso mi
padre, mi abuelo no se encolerizaban, cuerpo de Cristo?
––Si, pero únicamente en su casa.
––En todas partes está en ella el rey.
––¡Bah! esas son palabras de lisonjero, de seguro que es autor de ellas el señor Colbert;
pero no son verdad. El rey está en su casa en toda casa de la cual ha lanzado a su dueño.
Luis se mordió los labios.