alejandro dumas el hombre de la mascara de hierro (1).pdf

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Colbert, al verse abandonado por el rey, bajó la cabeza, pero no sin decir:
––Me bastaría proferir una palabra.
––No la profiráis, porque no la escucharía ––exclamó Luisa. –– Por otra parte, ¿qué me
diríais? ¿Qué el señor Fouquet ha cometido crímenes? Lo sé, porque el rey me lo ha dicho, y cuando el rey dice: “Creo”, no necesito que otros labios digan: “Afirmo”. Pero
aunque el señor Fouquet fuese el más infame de los hombres, lo digo en voz muy alta, es
sagrado para el rey, porque el rey es su huésped. Aun cuando Vaux fuese una madriguera,
una caverna de monederos falsos o de bandidos, es una mansión santa, una morada inviolable, pues en ella vive su esposa, y es un asilo que ni los verdugos violarían.
Luisa se calló, dejando al rey admirado y vencido por el calor de su acento y por la nobleza de aquella causa. Colbert, anonadado por la desigualdad de aquella lucha, iba perdiendo terreno.
––Señorita ––dijo el rey con voz suave y con el pecho dilatado, tendiendo la mano al La
Valiére, ––¿por qué habláis contra mí? ¿Sabéis qué hará ese miserable si le dejo respirar?
––Por ventura no podéis echarle la mano siempre que os plazca, Sire?
––¿Y si escapa, si se fuga? ––exclamó el intendente.
––Será para el rey un timbre de imperecedera fama el haber dejado huir al señor Fouquet ––repuso La Valiére; ––y cuanto más culpable haya sido aquél, tanto mayor será la
gloria de Su Majestad comparada con tanta miseria y tanto oprobio.
El rey hincó una rodilla ante su manceba y le besó la mano.
––Estoy perdido ––dijo entre sí el intendente. Pero serenándose de pronto, añadió: ––
Mas no, todavía no.
Y mientras el soberano, protegido por el enorme tronco de un tilo gigantesco, estrechaba contra su corazón y con todo el fuego de un amor inefable a Luisa, Colbert registró su
cartera, sacó de ella un papel doblado en forma de carta ––papel un tanto amarillento
quizá, ––y dirigió una mirada de rencor al hechicero grupo que formaban el rey y su
manceba, grupo al que acababa de iluminar la luz de algunas antorchas que se acercaban.
––Vete, Luisa ––dijo el aturdido rey al notar los reflejos de las hachas en el blanco vestido de La Valiére.
––Vienen, señorita, vienen ––exclamó Colbert para apresurar la partida de la joven.
Luisa desapareció con rapidez ente los árboles.
––¡Ah! ––exclamó el intendente al levantarse el rey: ––a la señorita de La Valiére se le
ha caído algo.
––¿Qué? ––preguntó Luis XIV.
––Un papel, una carta, un objeto blanco; helo ahí.
El monarca se agachó con la vivacidad del rayo y tomó la carta, estrujándola.
En aquel instante llegaron las antorchas inundando de vivísima luz aquella obscura escena.
CELOS
Aquella verdadera luz, aquella solicitud por parte de todos, aquella nueva ocasión
hecha al rey por Fouquet, suspendieron el efecto de una resolución que La Valiére minó
ya en el ánimo de Luis XIV.
El miró a Fouquet casi con gratitud por haber ofrecido al Luisa la ocasión de mostrarse
tan generosa y tan influyente en su corazón.
