alejandro dumas el hombre de la mascara de hierro (1).pdf


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Hasta mediodía no empezó el rey a recobrar un poco la serenidad, sin duda porque acababa de tomar una resolución definitiva.
Aramis, que seguí paso al paso al monarca así en su pensamiento como en su marcha,
dedujo que no se haría esperar el acontecimiento que él esperaba.
Ahora Colbert parecía andar de concierto con el obispo de Vannes, tanto, que ni por
consejo de éste habría punzado más hondamente el corazón del soberano.
Éste, teniendo necesidad de apartar de sí un pensamiento sombrío, buscó durante todo
aquel día la compañía de La VaIiére con tanta solicitud como huía de la de Colbert o la
de Fouquet.
Llegada la noche, el rey manifestó el deseo de no pasearse hasta después del juego: así
pues, se jugó entre la cena y el paseo.
––Vaya, señores, al parque ––dijo Luis XIV después que hubo ganado mil doblones.
En el parque estaban ya las damas.
Hemos dicho que el rey había ganado y embolsado mil doblones; pero Fouquet supo
perder diez mil: de manera que se repartieron noventa mil libras entre los cortesanos, que
estaban alegres como unas pascuas.
Colbert, indudablemente obedeciendo a una cita, aguardaba a Luis XIV en uno de los
recodos de una alameda; y decimos indudablemente, porque el rey, que durante todo el
día evitara encontrarse con él, al verle le hizo una seña y se internó con él en el parque.
La Valiére también había notado la sombría frente y la mirada encendida del soberano;
y como a su amor nada de cuanto germinaba en el alma de su amante era impenetrable,
comprendió que aquella refrenada cólera amagaba a alguno. Así pues, se situó en el camino de la venganza como un ángel de la misericordia.
Triste, confusa, dolorida por haber tenido que pasar tanto tiempo lejos de su real amante, se presentó al rey con ademán cortado, ademán que aquél, en la mala disposición de
ánimo, en que se encontraba, interpretó desfavorablemente.
Estando ambos solos o casi solos, pues Colbert, al ver a Luisa, se detuvo respetuosamente a diez pasos de distancia, el rey se acercó al ella, y asiéndole la mano, la dijo:
––¿Puedo sin indiscreción, preguntaros qué os pasa? Parece que tenéis el pecho oprimido, y cualquiera diría que habéis llorado. ––Si mi pecho está opreso, Sire, si tengo los
ojos humedecidos, en una palabra, si estoy triste, es porque Vuestra Majestad lo está.
––¿Triste yo? Os engañan vuestros ojos. No estoy triste, señorita.
––¿Pues qué?
––¡Humillado!
––¡Humillado! ¿qué decís?
––Digo que allí donde yo estoy, debería haber más amo que yo; y, sin embargo, mirad y
ved si yo, rey de Francia, no me obscurezco ante el rey de este feudo. ––Y apretando los
dientes y crispando las manos, añadió: ––¡Ah! a ese procaz ministro voy a cambiarle su
fiesta en un duelo del que la ninfa de Vaux, que dicen los poetas, va a conservar largo
tiempo el recuerdo.
––¡Oh! Sire...
––¡Qué! ¿Vais a poneros del lado del señor Fouquet, señorita? ––exclamó Luis XIV
con impaciencia.
––No, Sire; pero sí os pregunto si estáis bien informado. Mas de una vez ha tenido
Vuestra Majestad ocasión de conocer lo que valen las acusaciones de la corte.
Luis hizo seña a Colbert de que se acercara, y le dijo: