alejandro dumas el hombre de la mascara de hierro (1).pdf


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––Conozco que tenéis que hablarme más confidencialmente; nadas temáis, estamos solos.
––Bajo la égica de mi conciencia y la protección del rey, Sire, nunca temo ––dijo Colbert inclinándose.
––¿Conque los muertos hablan?
––A veces, Leed, Sire.
––¡Ah! ––dijo Aramis al oído del príncipe, que escuchaba sin perder sílaba; ––pues estáis aquí para aprender vuestro oficio de rey, monseñor, escuchad una infamia real. Vais a
asistir a una de tantas escenas que Dios, o más bien el diablo, concibe y ejecuta. Escuchad atentamente y os aprovechará.
El príncipe redobló la atención, y vio como Luis XIV tomaba de las manos de Colbert
una carta.
––¡Letra del difunto cardenal! ––exclamó el rey.
––Feliz memoria la de Vuestra Majestad ––dijo el intendente; ––conocer en seguida
qué mano ha escrito un documento, es una aptitud maravillosa para un rey destinado al
trabajo.
Luis XIV leyó una carta de Mazarino, y como el lector ya la conoce desde el rompimiento entre la Chevreuse y Aramis, dejamos de citarla aquí.
––No comprendo bien ––dijo el monarca hondamente interesado en aquel asunto.
––Vuestra Majestad no tiene todavía la práctica de los empleados de la intendencia.
––Veo que se trata de dinero entregado al señor Fouquet.
––Trece millones nada menos.
––¿Y esos trece millones faltan en el total de las cuentas? Repito que no lo comprendo
bien. ¿cómo puede ser que resulte ese déficit?
––Yo no digo que pueda o no pueda resultar, lo que digo es que resulta.
––¿Y la carta de Mazarino indicas el empleo de aquel dinero y el nombre del depositario?
––De ello puede convencerse Vuestra Majestad.
––Con efecto, de ella se deduce que el señor Fouquet aun no ha devuelto los trece millones.
––Así resulta de las cuentas, Sire.
––¿Qué inferís de todo eso?
––Que no habiendo el señor Fouquet devuelto los trece millones, se los ha metido en el
bolsillo. Ahora bien, con trece millones puede hacerse un gasto cuatro veces mayor del
que Vuestra Majestad no pudo hacer en Fontainebleau. donde, si Vuestra Majestad no lo
ha olvidado, sólo gastamos tres millones.
Para un torpe, no dejaba de ser una sagaz perversidad el invocar el recuerdo de la fiesta
en la cual el rey, gracias a una insinuación de fouquet, notó por vez primera su inferioridad. Colbert devolvía en Vaux la pelota que en Fontainebleau le lanzara Fouquet, y, como buen hacendista, con todos los intereses. Predispuesto ya de tal suerte el rey, a Colbert le quedaba poco que hacer, y así lo conoció al ver el gesto sombrío de Luis.
El intendente aguardó a que Su Majestad hablara, con tanta impaciencia como Felipe y
Aramis desde lo alto de su observatorio.
––¿Sabéis qué resulta de todo eso, señor Colbert? ––preguntó el rey tras un instante de
meditación.
––No. Sire.