alejandro dumas el hombre de la mascara de hierro (1).pdf

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––Es cierto ––repuso Herblay mirando al través de la abertura del suelo. ––¿Qué vamos
a oír y qué va a resultar de esa intimidad?
––Indudablemente nada bueno para el señor Fouquet.
El príncipe no se engañó. Dijimos que Luis XIV mandó llamar a Colbert; éste se presentó entablando conversación íntima con Su Majestad por uno de los más insignes favores que aquél concedía. Verdad es que el rey estaba a solas con su vasallo.
––Sentaos ––dijo a Colbert el monarca.
El intendente, henchido de gozo, tanto más cuanto temía verse despedido, rehusó aquella honra insigne.
––¿Acepta? ––preguntó Aramis.
––No, se queda en pie.
––Escuchemos.
El futuro rey y el futuro papa escucharon con avidez a aquellos simples mortales a
quienes tenían bajo sus plantas y a los cuales pudieran haber reducido a polvo con sólo
quererlo.
––Hoy me habéis contrariado grandemente, Colbert ––dijo Luis XIV.
––Ya lo sabía, Sire ––contestó el intendente.
––Me gusta la respuesta. ¿Lo sabíais y lo habéis hecho? Eso prueba un ánimo especial.
––Si corría el riesgo de contrariar a Vuestras Majestad, también lo corría de ocultarle su
verdadero interés.
––¿Por ventura temíais algo contra mí?
––Aunque no fuese sino para una indigestión, Sire ––dijo Colbert; ––porque no da un
súbdito festines tales a su rey más que para sofocarlo bajo el peso de los manjares suculentos.
Lanzado que hubo su vulgarísima chanza, el intendente aguardó con faz risueña el efecto de ella.
Luis XIV, el hombre más vano y delicado de su reino, perdonó aquella nueva tontada a
Colbert.
––La verdad es ––repuso el monarca, ––que el señor Fouquet me ha dado una cena más
que buena. Pero ¿de dónde sacará ese hombre el dinero necesario para subvenir a tan
enormes gastos? ¿Lo sabéis vos, Colbert?
––Sí, Sire.
––Probádmelo.
––Fácilmente, hasta lo último.
––Ya sé que contáis con exactitud.
––Es la cualidad mejor que puede exigirse a un intendente de hacienda.
––No todos la poseen.
––Gracias, Sire, por un elogio tan lisonjero para mí en vuestra boca.
––El señor Fouquet está rico, riquísimo y eso todo el mundo lo sabe.
––Vivos y muertos.
––¿Qué queréis decir?
––Los vivos ven la riqueza del señor Fouquet, y admiran el resultado, y aplauden; pero
los muertos, conocen las causas, y acusan.
––¿A qué causas debe, pues, el señor Fouquet su fortuna?
––Con frecuencia el oficio de intendente favorece al que lo ejerce.
