alejandro dumas el hombre de la mascara de hierro (1).pdf

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delicadeza que la dictaba, halló algo vulgar a su mujer, y sobrado orgullosa a Ana de
Austria, y por su parte hizo el propósito de mantenerse impasible en los límites del extremo desdén o de la simple admiración.
Pero Fouquet, que era hombre sagaz y todo lo había previsto, no obstante haber manifestado terminantemente el rey que mientras estuviese en Vaux no quería someter sus
comidas a la etiqueta, y, por consiguiente, comería con todo el mundo, hizo que sirvieran
aparte a Su Majestad, si así podemos expresarnos, en medio de la mesa general.
Aquella cena, maravillosa por su composición, comprendía todos los manjares gratos al
rey, todo cuanto éste solía escoger. Luis XIV, el hombre más comilón de Francia, no podía, pues, alegar excusa alguna para no comer.
Fouquet hizo más aún: acatando la orden del rey se sentó a la mesa; pero una vez servidas las menestras, se levantó para servir personalmente al rey, mientras la señora superintendenta permanecía en pie detrás del sillón de la reina madre. El desdén de Juno y el
enojo de Júpiter no resistieron a tales muestras de delicadeza; así es que Ana de Austria
comió un bizcocho mojado en vino de San Lúcar, y el rey comió de todo.
––No puede darse una comida mejor, señor superintendente ––dijo Luis XIV.
Los demás, al oír las palabras del rey, empezaron a mover con entusiasmo las mandíbulas.
Esto no impidió que después de haberse hartado, el rey volviese a ponerse triste; en
proporción del buen humor que él creyó debía manifestar, y sobre todo en comparación
de la buena cara que sus cortesanos habían puesto a Fouquet.
D'Artagnan que comía mucho y bebía más, como quien no hace nada no perdió un bocado, pero hizo un gran número de observaciones provechosas.
Acabada la cena, el rey no quiso perder el paseo. El parque estaba iluminado; la luna,
como si se hubiese puesto al discreción del señor de Vaux, pateó los árboles y los lagos
con sus diamantes y su brillo. El ambiente era suave; las sombrías alamedas estaban tan
mullidamente enarenadas, que daba gusto sentar los pies en ella. La fiesta fue completa,
pues el rey encontró a La Valiére en una de las revueltas de un bosque, y pudo estrechar
su mano y decirla que la amaba, sin que le oyese persona alguna, más que D'Artagnan,
que seguía, y Fouquet que precedía.
En hora ya avanzada de aquella noche de encantos, el rey manifestó deseos de acostarse. Al punto se pusieron todos en movimiento. Las reinas se encaminaron al sus habitaciones al son de tiorbas y de flautas, y el rey, al subir, encontró a sus mosqueteros a quienes Fouquet hizo venir de Melún y convidó a cenar.
D'Artagnan desechó toda desconfianza, y como estaba cansado, y había cenado bien, se
propuso gozar, una vez en su vida, de una fiesta en casa de un verdadero rey.
––¡Es todo un hombre! dijo entre sí el gascón refiriéndose al superintendente.
Con gran ceremonia condujeron a Luis XIV al templo de Morfeo, del que vamos a dar
una sucinta reseña. Era la pieza más hermosa y capaz del palacio, y en su cúpula, pintada
al fresco por Le Brun, figuraban los sueños felices y los tristes que Morfeo así envía los
poderosos como a los humildes. Todo lo gracioso a que da vida el sueño, miel y aromas,
flores y néctar, voluptuosidad o reposo de los sentidos, Le Brun lo había derramado en su
obra, suave y haciendo contrastes con ella, veíanse las copas que destilan los venenos, el
puñal que brilla sobre la cabeza del durmiente, y hechiceros y quimeras de monstruosas
cabezas, y crepúsculos más espantables que las llamas o las tinieblas más profundas.
