alejandro dumas el hombre de la mascara de hierro (1).pdf


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––Por lo que se ve, ––dijo, ––he caído en manos de dos asesinos. ¡Vamos!
Ninguno de los dos enmascarados despegó los labios. El de la lamparilla tomó la delantera, seguido del rey, que a su vez precedía al coloso, y así atravesaron una galería larga y
sinuosa. Todas aquellas vueltas y revueltas, afluyeron por fin a un largo corredor cerrado
por una puerta de hierro, que el de la lámpara abrió con una de tantas llaves que tenía al
cinto.
Al abrirse aquella puerta, Luis aspiró el balsámico olor que exhalaban los árboles en las
calurosas noches de verano, y se detuvo: pero el robusto guardián que le seguía le empujó
fuera del subterráneo.
––Otras vez os pregunto, ¿qué intentáis contra el rey de Francia? ––Exclamó el soberano volviéndose hacia el que había tenido el atrevimiento de ponerle la mano encima.
––Haced por olvidar ese calificativo. ––repuso el de la lámpara con tono que, cual los
famosos fallos de Minos, no admitía réplica.
––Mereceríais que os enredaran por las palabras que acabáis de verter, ––añadió el coloso apagando la luz que le entregó su compañero; ––pero el rey es demasiado humano.
Hizo el rey un movimiento tan súbito al oír aquella amenaza, que no pareció sino que
intentaba fugarse; pero el gigante le sentó la mano en el hombro y lo clavó en el sitio.
––Pero en fin, ¿adónde vamos? ––preguntó Luis XIV.
Venid, ––respondió el de la lámpara. Y conduciendo al rey hacia una carroza que estaba entre los árboles, junto a dos caballos trabados y atados por el cabestro al las ramas
bajas de corpulenta encima, abrió la portezuela, bajó el estribo, y añadió: ––subid.
El rey obedeció y se sentó en la carroza, cuya puerta, almohadillada y con cerradura, se
cerró inmediatamente que hubieron entrado aquél y su conductor. El otro cortó a los caballos trabas y cabestros, los enganchó y se encaramó en el pescante, en el que no había
persona alguna. Al punto la carroza partió al trote camino de París, y al llegar al bosque
de Senart relevó el tiro con otros dos caballos que esperaban atados al un árbol. La carroza entró en París a eso de las tres de la madrugada, echó por el barrio San Antonio, y después de haber invocado el nombre del rey para que el centinela no se opusiera a su paso,
entró en el recinto circular de la Bastilla, que conducía al patio del gobierno, donde al pie
de la escalinata se detuvieron los humeantes caballos.
––Que despierten al señor gobernador, –– dijo con voz de trueno el cochero al sargento
de guardia, que acudió presuroso. Diez minutos después, Baisemeaux salió en bata a la
puerta, y preguntó:
––¿Qué pasa?
El de la lamparilla abrió la portezuela de la carroza y dijo algunas palabras al cochero,
que se bajó inmediatamente del pescante, tomó un mosquete que a sus pies tenía, y
apuntó con él el pecho del preso.
––Si chista, fuego, ––añadió el que acababa de salir de la carroza.
––Está bien, ––replico el otro.
Hecha aquella recomendación, el conductor echó escaleras arriba.
––¡Señor de Herblay! ––exclamó Baisemeaux al ver al conductor.
––¡Silencio! ––dijo Aramis. ––entremos en vuestra habitación.
––Pero ¿qué os trae a estas horas?
––Un error, señor de Baisemeaux. ––respondió con tranquilidad el obispo. ––El otro día
teníais razón.
––¿Sobre? ––preguntó el gobernador.