alejandro dumas el hombre de la mascara de hierro (1).pdf

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––Sobre aquella orden de libertad, ¿recordáis?
––Explicaos, señor, digo, monseñor, ––repuso Baisemeaux, tan sofocado por la sorpresa como por el terror.
––Es muy sencillo: ¿no es verdad?
––Es verdad. Con todo acordaos de mis dudas sobre el particular; yo no quería, pero
vos me obligasteis.
––¿Qué estáis diciendo, señor de Baisemeaux? Lo que yo hice fue induciros.
––Esto es. me indujisteis a que os lo entregara, y os le levasteis en vuestra carroza.
––Pues ved lo que son las cosas, padecieron una equivocación al expedir la orden. Así
lo han reconocido en el ministerio, y de tal manera, que os traigo una orden del rey para
que pongáis en libertad a Seldón; el pobre escocés aquel, ¿sabéis?
––¿Seldón? ¿estáis ahora bien seguro?
––Convenceos por vuestros propios ojos. ––repuso Herblay entregando la orden al Baisemeaux.
––¡Pero si esta orden es la misma que ya tuve en mis manos el otro día! ––dijo el gobernador.
––¿De veras?
––Es la mismísima que la noche de marras os dije haber visto. ¡Voto a sanes! la conozco en el borrón.
––Yo no me meto en si es o no es esta misma, pero os la traigo.
––¿Y la otra, pues?
––¿Cuál?
––La referente a Marchiali.
––Os lo conduzco de nuevo.
––Esto no me basta. Para hacerme otra vez cargo de él necesito una orden nueva.
––¿Y qué barbaridades estáis vomitando, mi buen amigo? ––repuso Herblay; ––no parece sino que os habéis vuelto niño. ¿Dónde está la orden que recibisteis referente a
Marchiali?
Baisemeaux se acercó a un cofre, sacó de ella la orden y la entregó a Aramis, que con la
mayor frescura la rasgó en cuatro pedazos que redujo a cenizas en la llama de la lámpara.
––¿Qué hacéis? ––exclamó el gobernador en el colmo del espanto.
––Pero hombre, haceos cargo de la situación. ––dijo Aramis con su imperturbable serenidad, ––y veréis cuán sencilla es. Bueno, no tenéis ya en vuestro poder orden alguna que
justifique la salida de Marchiali, ¿no es eso?
––No la tengo, y esto va a ser causa de mi perdición.
––Desde el momento que os lo traigo, es como si no hubiese salido.
––¡Ah!.
––¿Qué duda cabe? Vais a encerrarlo nuevamente y sin demora.
––¡No, que no!
––Y en cambio y en virtud de la nueva orden, me entregaréis a Seldón. Así estará en
regla vuestra contabilidad. ¿Comprendéis ahora?
––Yo...
––Veo que sí; muy bien, ––dijo Aramis.
––Pero en resumidas cuentas, ¿por qué después de haberme llevado a Marchiali me lo
devolvéis? ––exclamó Baisemeaux juntando las manos en un paroxismo de dolor y de
aturdimiento.
