alejandro dumas el hombre de la mascara de hierro (1).pdf

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––Que sólo puede entrar en el calabozo de Marchiali la persona que venga provista de
una orden del rey, y esa orden la traeré yo mismo.
––Corriente, monseñor, Guárdeos Dios.
––Vamos, Porthos, ––dijo Aramis, ––a Vaux, y a escape.
––Nunca se encuentra uno más ágil que cuando ha servido al rey, y, al servirlo, ha salvado al su patria, ––repuso el gigante. –– Además, como la carroza lleva menos peso...
Partamos, partamos.
Y la carroza, libre de un peso que, en efecto, podía parecer carga muy pesada a Aramis,
atravesó el puente levadizo de la Bastilla, que volvió a levantarse inmediatamente tras
aquélla.
UNA NOCHE EN LA BASTILLA
El sufrimiento en esta vida está en proporción de las fuerzas humanas.
Cuando el rey, triste y quebrantado, vio que lo conducían a un calabozo de la Bastilla,
lo primero que se figuró fue que la muerte venía a ser como un sueño con sueños, que la
cama se había hundido, que tras el hundimiento de la cama había sobrevenido la muerte,
y que, prosiguiendo su sueño, Luis XIV, difunto, soñaba que le destronaban, le encarcelaban y le insultaban, a él, poco hacía tan poderoso.
––¿Es eso a lo que apellidan la eternidad, el infierno? ––murmuró Luis XIV en el instante en que se cerró la puerta del calabozo, empujada por Baisemeaux.
El rey ni siquiera miró en torno de sí sino que, arrimado a una de las paredes del calabozo, se entregó a la terrible suposición de su muerte, cerrando los ojos para no ver algo
todavía más terrible.
––Pero ¿cómo he muerto? ––decía entre sí. ––¿Habrán hecho bajar artificiosamente mi
cama? Pero no, yo no recuerdo haber recibido confusión alguna, ningún choque... Más
bien me habrán envenenado, durante la cena o con el humo de las velas, como a Juana de
Albret, mi bisabuela.
De repente el frío del calabozo envolvió como en un manto de hielo a Luis, que prosiguió:
––He visto el cadáver de mi padre en su lecho mortuorio y revestido con las insignias
reales. Aquel rostro pálido, tan sosegado y decaído; aquellas manos tan hábiles, entonces
insensi bles, y aquellas envaradas piernas, no renunciaban un dormir poblado de sueños.
Y sin embargo, ¡cuántos sueños no debía dios enviar a aquel muerto!... ¡a aquel muerto a
quien tantos otros precedieran, precipitados por él en la muerte eterna!... No, aquel rey
todavía lo era; reinaba aún en su lecho mortuorio, como cuando estaba sentado en su trono. Para nada había abdicado Su Majestad. Dios, que no le castigó a él, no puede castigarme a mí que nada he hecho.
Un ruido extraño llamó la atención del joven; miró y vio en la chimenea, a los pies de
un colosal crucifijo groseramente pintado al fresco, un ratón monstruoso que estaba royendo un mendru go, mientras fijaba en el nuevo huésped del calabozo una mirada de
inteligencia y curiosidad.
Luis, trémulo de miedo y de asco, retrocedió hasta la puerta, lanzando un grito, Luis
conoció que estaba vivo y en pleno goce de su razón y su conciencia naturales.
––¡Preso! ––exclamó; ¡preso yo! ––y después de buscar con la mirada una campanilla
para llamar, continuó: ––En la Bastilla no las hay, y yo estoy encerrado en la Bastilla.
