alejandro dumas el hombre de la mascara de hierro (1).pdf


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Pero ¿cómo he sido reducido al prisión? Necesariamente es esta una conspiración de
Fouquet. En Vaux me han atraído a un lazo... Pero Fouquet ha debido tener quien lo secundara... Su agente... aquella voz... era Herblay; sí, lo he conocido... Colbert tenía razón.
Pero, ¿qué quiere de mi Fouquet? ¿Va a reinar en mi lugar?... ¡Es imposible! ¿Quién sabe?... Quizá mi hermano el duque de Orleáns hace contra mi lo que durante toda su vida
se propuso contra mi padre, mi tío... Pero, ¿y la reina? ¿y mi madre? ¿y La Valiére? ¡Oh!
a La Valiére la habrán puesto a discreción de la princesa... ¡Pobre Luisa! indudablemente
la han encerrado como a mí, y nunca jamás volveremos a vernos.
Ante tal idea, el amante estalló en sollozos, suspiros y lamentos.
––Aquí hay un gobernador ––prosiguió el rey enfurecido. –– Llamemos.
Llamó, pero ninguna voz respondió a la suya. Entonces, tomó la silla, y con ella golpeó
la robusta puerta de encina; pero al dar la madera contra la madera, sólo respondieron en
las profundidades de la escalera mil lúgubres ecos.
Entonces y calmado el primer paroxismo de su cólera, el monarca vio una enrejada ventana por la que entraba un dorado cuadrilongo, indudablemente proyectado por la luminosa aurora, y acercándose a ella, empezó a llamar, con voz natural primero, y luego a
gritos. Pero como si no hubiese llamado.
Al rey empezaba a hervirle la sangre, a subírsele a la cabeza, acostumbrado a ordenar,
se rebelaba contra la idea de la desobediencia.
Poco a poco fue enconándose el ánimo del preso, que rompió la silla al esgrimirla como
un ariete contra la puerta.
Acá y aculá respondieron algunas voces ahogadas.
Las voces produjeron un efecto extraño en el rey, que se detuvo para escucharlas. Eran
las de los presos, en otro tiempo sus víctimas, y ahora sus compañeros. Aquellas voces
acusaban al autor de aquel ruido, como en silencio los suspiros y las lágrimas acusaban al
autor de su cautiverio. Después de haber quitado la libertad a tantos hombres, ahora les
quitaba el sueño.
Esta idea estuvo a pique de acabar con su razón y, sediento de tener alguna noticia o
una conclusión, redobló sus fuerzas, y empezó de nuevo a esgrimir contra la puerta el palo de la silla.
Al cabo de una hora, Luis oyó ruido en el corredor, al otro lado de su puerta, en la que
descargaron un golpe furibundo que hizo cesar los suyos.
––¡Mil rayos! ––exclamó una voz ruda y grosera, ––¿habéis perdido el juicio? ¿qué os
pasa esta mañana?
––¡Esta mañana! ––dijo entre sí y con sorpresa el rey. Y, cortésmente añadió: ––¿Sois
el gobernador de la Bastilla, caballero?
––Vaya, que os han volcado los sesos ––replicó la voz; ––pero esa no es razón para que
metáis tanto ruido. Silencio, ¡vive Dios! ––¿Sois vos el gobernador? ––repitió el rey.
Luis oyó cerrar una puerta. El carcelero acababa de marcharse sin haberse dignado responder.
Cuando el rey se persuadió de que se había alejado el que le dirigió la palabra, dio rienda suelta a su furor. Agil como un tigre, saltó de la mesa a la ventana, de la que sacudió
las rejas, y después de romper un vidrio, cuyos pedazos fueron a parar al patio produciendo mil armoniosos tonos, llamó por espacio de una hora y con voz cada vez más enronquecida al gobernador.