alejandro dumas el hombre de la mascara de hierro (1).pdf

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sino que la vetusta Bastilla se conmovía en sus cimientos por haberse atrevido a rebelarse
contra su amo y señor.
Baisemeaux ni siquiera se tomó la molestia de preguntar la causa de tanto ruido, porque
¿no eran los locos moneda corriente en la fortaleza, y los muros no eran, a su vez, más
fuertes que los locos?
Baisemeaux, impresionado con lo que dijo Aramis, y escudado con la orden del rey, no
deseaba sino que marchiali se volviese suficientemente loco para ahorcarse del pabellón
de su cama o de uno de los barrotes de su ventana.
En efecto, aquel preso reportaba poca ganancia, y ocasionaba más molestias que las debidas. Así, pues, de suicidarse el preso, habrían tenido un desenlace que ni a pedir de boca las complicaciones de Seldón y de Marchiali, y la libertad, reencarnación y semejanzas. Y aun creyó Baisemeaux haber notado que a Herblay no le habría disgustado tal fin.
––Realmente ––decía Baisemeaux a su mayor, ––un preso es ya harto desdichado con
estarlo, y padece lo bastante para que, caritativamente pueda uno desearle la muerte. Con
tanta mayor razón cuando el preso se ha vuelto loco, entonces no habría que limitarse uno
a desearle la muerte. sino matarlo sin más averiguaciones, lo cual sería una buena obra.
Y el buen gobernador se hizo servir` el segundo almuerzo.
LA SOMBRA DE FOUQUET
D'Artagnan, aun aturdido de su entrevista con el rey, se preguntaba si realmente se
hallaba en Vaux, si era efectivamente el capitán de los mosqueteros, y Fouquet el propietario del castillo en el cual Luis XIV acababa de recibir hospitalidad. Y aquellas no eran
reflexiones del hombre embriagado con los vinos del superintendente. Pero el gascón era
hombre sereno, con solo tocar su espada transmitía a su moral, en las ocasiones solemnes,
el frío del acero.
Aquí estoy, históricamente envuelto en los destinos del rey y del ministro ––dijo entre
sí D'Artagnan al salir del real dormitorio; ––constará que yo, segundón de Gascuña, he
echado la mano a Nicolás Fouquet, superintendente de la hacienda de Francia. Mis descendientes, si los tengo, se envanecerán con este arresto. Hay que cumplir decorosamente
la orden del rey. Todo el mundo es bueno para pedirle al señor Fouquet la espada, pero
no todos son a propósito para custodiarlo sin promover protestas. ¿Qué hacer, pues para
que el superintendente pase de la cúspide del favor al abismo de la desgracia?
Aquí D'Artagnan se puso sombrío que era una compasión; le asaltaron escrúpulos.
––Creo ––prosiguió D'Artagnan, ––que si no soy tonto daré a conocer a Fouquet lo que
respecto a él se propone el rey. Pero si vendo el secreto de mi soberano, soy un pérfido y
traidor, crimen previsto por el código militar. No, pienso que un hombre de ingenio, debe
salir mucho más diestramente de este atolladero.
D'Artagnan se apretó las sienes con las manos, se arrancó algunos pelos del bigote, y
prosiguió:
––La desgracia de Fouquet obedece a tres causas: el odio que le profesa Colbert, el
haber intentado amar a La Valiére, y el estar el rey apegado a La Valiére y a Colbert. No
hay remedio para él, es hombre al agua. ¿Pero yo, hombre, voy a sentarle la planta sobre
la cabeza cuando sucumbe a intrigas de mujeres y de empleados? ¡No en mi vida! Si es
peligroso, lo abatiré; si sólo es víctima de la persecución, veré. Y en vez de ir a buscar de
