alejandro dumas el hombre de la mascara de hierro (1).pdf


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un modo brutal a Fouquet, para arrestarlo y tapiarlo, voy a hacer cuanto esté en mi mano
para comportarme caballerosamente.
Y D'Artagnan se encaminó al dormitorio de Fouquet, que, después de haberse despedido de las damas, se disponía a dormir tranquilamente sobre los laureles conquistados durante el día.
El ambiente estaba todavía perfumado o infestado, como se quiera, del olor de los fuegos artificiales. Las bujías despedían sus moribundas claridades, las flores caían desprendidas de las guirnaldas, y los grupos de danzarines y de cortesanos iban desparramándose
por los salones.
El superintendente acababa de retirarse a su dormitorio, sonríense y más que medio
muerto. Ya no oía ni veía; su cama le atraía, le fascinaba.
Estaba ya en manos de su ayuda de cámara cuando D'Artagnan apareció en el umbral
de su dormitorio.
D'Artagnan, nunca logró vulgarizarse en la corte; en vano le veían a todas horas y en
todas partes; siempre producía la misma impresión su presencia. Tal es el privilegio de
ciertas personas, parecidas en esto al rayo o al trueno. Todos saben lo que son; pero su
aparición admira, y la última impresión es, indefectiblemente, la que ha sido la más fuerte.
––¡Toma! ¿sois vos, señor de D'Artagnan? ––dijo Fouquet.
––Para serviros ––replicó el mosquetero.
––Entrad, mi querido señor de D'Artagnan.
––Gracias.
––¿Venís para hacerme una crítica de las fiestas? Sois hombre ingenioso.
––No, Señor.
––¿Estorban, por ventura, vuestro servicio?
––Nada.
––¿Quizás estáis mal alojado?
––Lo estoy a las mil maravillas.
––Os doy las gracias por vuestra amabilidad, y me siento obligado por todo lo que de
lisonjero acabáis de decirme.
Esto equivalía a indicarle a D'Artagnan que, pues tenía cama, fuese a acostarse y le dejase hacer a él otro tanto.
––¿Ya os acostáis? ––preguntó el gascón al superintendente como si no hubiese comprendido la indirecta.
––Sí. ¿Tenéis que comunicarme algo?
––Nada. ¿Dormís aquí?
––Ya lo veis.
––¡Qué hermosas fiestas le habéis dado a Su Majestad, señor Fouquet!
––¿Lo creéis?
––Magníficas.
––¿Está satisfecho el rey?
––Hasta más no poder.
––¿Por ventura os ha rogado que vinieseis a comunicármelo?
––No hubiera elegido su majestad un mensajero tan indigno como yo.
––No os rebajéis, señor de D'Artagnan.
––¿Esa es vuestra cama?