alejandro dumas el hombre de la mascara de hierro (1).pdf

Vista previa de texto
––Lo siento mucho, y si queréis reconciliarme conmigo mismo, dormid ahí, en mi presencia, y lo celebraré en el alma.
––¡Ah! ¿me vigiláis?
––Me voy, pues.
––Si os entiendo, que me emplumen.
––Buenas noches, monseñor, ––repuso D'Artagnan, haciendo que se marchaba.
––Vaya, no me acuesto ––dijo Fouquet. Y ahora os digo con toda formalidad que, pues
os negáis a tratarme como hombre y os andáis con sutilezas conmigo, voy a acorralaros
como se hace con el jabalí.
––¡Bah! ––exclamó D'Artagnan, haciendo que se sonreía.
––Voy a ordenar que enganchen y parto para París ––dijo Fouquet, sondeando con la
mirada el corazón del capitán.
––Este es otro son, monseñor.
––¿Me arrestáis?
––No, monseñor, parto con vos.
––Basta, señor D'Artagnan ––dijo Fouquet con frialdad. ––No en balde tenéis fama de
hombre ingenioso y de expedientes; pero conmigo todo eso es superfluo. Al grano: ¿por
qué me arrestáis? ¿qué he hecho?
––Nada sé, monseñor; pero conste que no os arresto... esta noche...
––¡Esta noche! ––exclamó Fouquet palideciendo; ––pero, ¿y mañana?
––Todavía no estamos en mañana, monseñor. ¿Quién es capaz de responder del día siguiente?
––Capitán, permitidme hablar con el señor de Herblay.
––Lo siento, monseñor, pero no puede ser. Tengo orden de no dejaros hablar con persona alguna.
––¡Con el señor de Herblay, capitán, con vuestro amigo!
––¿Queréis decir, monseñor, que mi amigo el señor de Herblay sería el único con quien
os debería impedir comunicaros?
––Decís bien ––dijo Fouquet, tomando una actitud de resignación; ––recibo una lección
que no debí provocarla. El hombre caído no tiene derecho a nada, ni siquiera de parte de
aquellos que le deben lo que son, tanto más de aquellos a quienes no ha tenido la dicha de
prestarles un servicio.
––¡Monseñor!
––Es verdad, señor de D'Artagnan; respecto de mí, siempre os habéis mantenido en la
situación del hombre destinado a arrestarme. Nunca me habéis pedido cosa alguna.
––Monseñor ––repuso el gascón enternecido ante aquel dolor elocuente y noble ––
¿queréis hacerme la merced de empeñarme vuestra palabra de caballero de que no saldréis de este aposento?
––¿Para qué, si me custodiáis en él? ¿Teméis, acaso, que desenvaine contra el hombre
más valiente de Francia?
––No, monseñor; es que voy a traeros al señor de Herblay, y, por consiguiente, a dejaros solo.
––¡Traerme al señor de Herblay! ¡dejarme solo! ––exclamó Fouquet con gozo y sorpresa indecibles y juntando las manos.
––¿No se aloja Herblay en el cuarto azul?
––Sí, amigo mío, sí.
