alejandro dumas el hombre de la mascara de hierro (1).pdf


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se levantó, dio tres o cuatro vueltas por su dormitorio, y se sentó, con abatimiento, en su
regia cama de terciopelo cuajada de riquísimos encajes.
D'Artagnan miró a Fouquet con honda compasión.
––Durante. mi vida ––dijo con melancolía el mosquetero, ––he visto arrestar a muchos
hombres. Vamos, señor Fouquet, un hombre como vos no se abate de esta suerte. ¡Si
vuestros amigos os vieran!
––No me habéis comprendido, señor de D'Artagnan ––repuso el superintendente sonriéndose con tristeza ––precisamente mi abatimiento obedece a que no me ven mis amigos. Solo, no vivo ni soy nada. Nunca he sabido qué era el aislamiento, señor de D'Artagnan. La pobreza, que en ocasiones he visto con sus harapos al final de mi camino, es el
espectro con el cual se divierten hace muchos años algunos de mis amigos, que le poetizan, le acarician, y me lo hacen amable. ¡La pobreza!... yo la acepto, la conozco, la acojo
como a una hermana desheredada, porque la pobreza no es soledad, el destierro, la prisión. ¿Acaso puedo yo ser nunca pobre con amigos como Pelissón, La Fontaine y Moliere, y una amante como...? ¡Pero la soledad, la soledad para mí, hombre de bullicio y de
placeres, que sólo existo porque los otros existen!... ¡Ah! ¡si supieseis qué solo me encuentro en este instante! ¡si supierais con qué fuerza representáis para mí, vos que me separáis de cuanto amo, la imagen de la soledad, de la nada, de la muerte!
Ya os he dicho que estabais muy exagerado, señor Fouquet ––dijo D'Artagnan hondamente conmovido. ––El rey os quiere.
––No ––replicó el superintendente moviendo la cabeza.
––Quien os odia es el señor Colbert.
––¿Colbert? ¿Y qué me importa a mí?
––Os arruinará.
––Lo reto a que lo haga: ya estoy arruinado.
D'Artagnan, al oír la estupenda declaración del superintendente miró alrededor con
ademán expresivo.
––¿De qué sirven esas magnificencias cuando uno ha dejado de ser magnífico? ––
exclamó Fouquet, que comprendió la mirada del gascón. ––Pero ¿y las maravillas de
Vaux? me diréis vos. Bueno, ¿y qué? ¿Con qué, si estoy arruinado, derramaré el agua en
las urnas de mis náyades, el fuego en las entrañas de mis salamandras, el aire en el pecho
de mis tritones? ¡Ah! señor de D'Artagnan, para ser suficientemente rico hay que serlo
demasiado... ¿Movéis la cabeza? Si vos fueseis dueño de Vaux lo venderíais y con su
producto compraríais un feudo en provincias que encerrara bosques, vergeles y campos y
os diera con qué vivir... Si Vaux vale cuarenta millones, bien sacaríais...
––Diez ––interrumpió D'Artagnan.
––¡Ni uno! señor capitán. No hay en Francia quien esté bastante rico para comprar el
palacio de Vaux por dos millones y conservarlo como está; ni podría; ni sabría.
––¡Diantre! ––repuso D'Artagnan; ––a lo menos bien daría un millón por él.
––¿Y qué?
––Que un millón no es la miseria.
––Casi, casi, señor de D'Artagnan.
––¿Cómo?
––No me comprendéis. No quiero vender mi casa de Vaux. Os la regalo si queréis.
––Regaládsela al rey y saldréis más beneficiado.