alejandro dumas el hombre de la mascara de hierro (1).pdf

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––El rey no necesita que yo se la regale ––dijo Fouquet, ––si le place, me la quitará.
Por eso prefiero que se derrumbe. ¡Ah! señor de D'Artagnan, si el rey no estuviese bajo
mi techo, tomaría aquella vela y me iría a prender fuego a dos cajas de pólvora y cohetes
que han quedado bajo la cúpula, y reduciría mi palacio a cenizas.
––Bueno ––repuso D'Artagnan con negligencia ––siempre quedarían los jardines, que
es lo mejor.
––Pero ¿qué he dicho? ¡Incendiar a Vaux! ¡destruir mi palacio cuando Vaux no es mío!
En verdad, Vaux pertenece a Le Brun, a Le Notre, a Pelisson, a La Fontaine, a Moliere,
que ha hecho representar en él “Los importunos”, en una palabra, a la posteridad. Ya veis
pues, señor de D'Artagnan, que ni siquiera es mío mi palacio.
Aplaudo la idea, y en ella os conozco, señor Fouquet ––repuso el mosquetero. ––Si estáis arruinado, monseñor, tomadlo buenamente; también vos pertenecéis a la posteridad, y
por lo tanto no tenéis derecho a empequeñeceros. A los hombres como vos eso no les sucede más que una vez en la vida. Todo consiste en adaptarse a las circunstancias. Un proverbio latino, del que no recuerdo las palabras pero sí la esencia, pues más de una vez he
meditado sobre él, dice que el fin corona la obra.
Fouquet se levantó, rodeó con su brazo derecho el cuello de D'Artagnan, y le apretó
contra su pecho, mientras con la izquierda le estrechaba la mano.
––Buen sermón ––dijo el superintendente después de una pausa.
––Sermón de mosquetero, monseñor.
––Vos que tal me decís, me queréis.
––Puede que sí.
––Pero, ¿dónde estará Herblay? ––repuso Fouquet.
––Eso me pregunto yo.
––No me atrevo a rogaros que le hagáis buscar.
––Ni que me lo rogarais lo hiciera, monseñor, porque sería una imprudencia. Todos se
enterarían, y Aramis, que no tiene arte ni parte en cuanto pasa, podría verse comprometido y englobado en vuestra desgracia.
Aguardaré a que amanezca.
––Es lo más acertado.
––¿Qué vamos a hacer una vez de día?
––No lo sé, monseñor.
––Hacedme una merced, señor de D'Artagnan.
––Con mil amores.
––Vuestra consigna es de que me custodiéis, ¿no es eso?
––Sí, monseñor.
––Pues bien, sed mi sombra; prefiero la vuestra a toda otra. D'Artagnan se inclinó.
––Pero olvidad que sois el señor de D'Artagnan, capitán de mosqueteros, y que yo soy
el señor Fouquet, superintendente de hacienda, y hablemos de mis asuntos particulares.
¿Qué es lo que ha dicho el rey?
––Nada.
––¡Así conversáis?
––¡Diantre!
––¿Qué concepto formáis de mi situación?
––Ninguno.
––Con todo, a menos de mala voluntad...
