alejandro dumas el hombre de la mascara de hierro (1).pdf

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Athos asintió con la cabeza.
––Pues sí, el señor conde, que acababa de ver al rey, me ha entregado una orden que
exige pronta ejecución; y como nos encontrábamos aquí cerca, he entrado para estrecharos la mano y presentaros al caballero, de quien me hablasteis tan ventajosamente en palacio la noche misma en que...
Ya sé, ya sé. El caballero es el conde de La Fere, ¿no es verdad?
––El mismo.
––Bien llegado sea el señor conde, ––dijo Baisemeaux.
––Se queda a comer con vosotros, ––prosiguió D'Artagnan, –– mientras yo, voy adonde
me llama el servicio. Y suspirando como Porthos pudiera haberlo hecho, añadió: ––¡Oh
vosotros, felices mortales!
––¡Qué! ¿os vais? ––dijeron Aramis y Baisemeaux a una e impulsados por la alegría
que les proporcionaba aquella sorpresa, y que no fue echada en saco roto por el gascón.
––En mi lugar os dejo un comensal noble y bueno.
––¡Cómo! ––exclamó el gobernador, ¿os perdemos?
––Os pido una hora u hora y media. Estaré de vuelta a los postres.
––Os aguardaremos, ––dijo Baisemeaux.
––Me disgustaríais.
––¿Volveréis? ––preguntó Athos con acento de duda.
––Sí, ––respondió D'Artagnan estrechando confidencialmente la mano a su amigo. Y
en voz baja, añadió: ––Aguardadme, poned buena cara, y sobre todo no habléis más que
de cosas triviales.
Baisemeaux condujo a D'Artagnan hasta la puerta. Aramis, decidido a sonsacar a Athos, le colmó de halagos, pero Athos poseía en grado eminentísimo todas las virtudes. De
exigirlo la necesidad, hubiera sido el primer orador del mundo, pero también habría
muerto sin articular una sílaba, de requerirlo las circunstancias.
Los tres comensales se sentaron, a una mesa servida con el más substancial lujo gastronómico.
Baisemeaux fue el único que tragó de veras; Aramis picó todos los platos, Athos sólo
comió sopa y una porcioncilla de los entremeses. La conversación fue lo que debía ser
entre hombres tan opuestos de carácter y de proyectos.
Aramis no cesó de preguntarse por qué singular coincidencia se encontraba Athos en
casa de Baisemeaux, cuando D'Artagnan estaba ausente, y por qué estaba ausente D'Artagnan, y Athos se había quedado.
Athos sondeó hasta lo más hondo el pensamiento de Aramis, subterfugio e intriga viviente, y vio como en un libro abierto que el prelado le ocupaba y preocupaba algún proyecto de importancia. Luego consideró en su corazón, y se preguntó a su vez por qué
D'Artagnan se saliera tan aprisa y por manera tan singular de la Bastilla, dejando allí un
preso tan mal introducido y peor inscrito en el registro.
Pero sigamos a D'Artagnan que, al subirse otra vez en su carroza, gritó al oído del cochero:
––¡A PALACIO Y A ESCAPE!
Lo que pasaba en el Louvre durante la cena de la Bastilla
