alejandro dumas el hombre de la mascara de hierro (1).pdf


Vista previa del archivo PDF alejandro-dumas-el-hombre-de-la-mascara-de-hierro-1.pdf


Página 1...4 5 678242

Vista previa de texto


Saint-Aignán, por encargo del rey, había visto a La Valiére: pero por mucha que fuese
su elocuencia, no pudo persuadir a Luisa de que el rey tuviese un protector tan poderoso
como eso, y de que no necesitaba de persona alguna en el mundo cuando tenía de su parte
al soberano.
En efecto, no bien hubo el confidente manifestado que estaba descubierto el famoso secreto, cuando Luisa, deshecha en llanto, empezó a lamentarse y a dar muestras de un dolor que no le habría hecho mucha gracia al rey si hubiese podido presenciar la escena.
Saint-Aignán, embajador, se lo contó todo al rey con todos su pelos y señales.
––Pero bien––repuso Luis cuando Saint-Aignán se hubo explicado, ––¿qué ha resuelto
Luisa? ¿La veré a lo menos antes de cenar? ¿Vendrá o será menester que yo vaya a su
cuarto?
––Me parece, Sire, que si deseáis verla, no solamente deberéis dar los primeros pasos,
mas también recorrer todo el camino.
––¡Nada para mí! ¡Ah! ¡muy hondas raíces tiene echadas en su corazón ese Bragelonne! ––dijo el soberano.
––No puede ser eso que decís, Sire, porque ––Sí, Sire, pero...
––¿Qué? ––interrumpió con impaciencia el monarca.
––Pero advirtiéndome que, de no hacerlo yo, lo arrestaría vuestro capitán de guardias.
––¿No os dejaba en buen lugar desde el instante en que no os obligaba?
––Sí a mí, Sire, pero no a mi amigo.
––¿Por qué no?
––Es más claro que la luz, porque fuese arrestado por mí o por el capitán de guardias,
para mi amigo el resultado era el mismo.
––¿Y esa es vuestra devoción, señor de D'Artagnan? ¿una devoción que razona y escoge? Vos no sois soldado. ––Espero que Vuestra Majestad me diga qué, soy.
––¡Un frondista!
––En tal caso desde que se acabó la Fronda, Sire...
––¡Ah! Si lo que decís es cierto...
––Siempre es cierto lo que digo. Sire.
––¿A qué habéis venido? Vamos a ver.
––A deciros que el señor conde de La Fere está en la Bastilla.
––No por vuestro gusto, a fe mía.
––Es verdad, Sire: pero está allí, y pues allí está, importa que Vuestra Majestad lo sepa.
––¡Señor de D'Artagnan ¡estáis provocando a vuestro rey!
––Sire...
––¡Señor de D'Artagnan! ¡estáis abusando de mi paciencia!
––Al contrario, Sire.
––¡Cómo! ¿al contrario decís?
––Sí, Sire: porque he venido para hacer que también me arresten a mí.
––¡Para que os arresten a vos!
––Está claro. Mi amigo va a aburrirse en la Bastilla; por lo tanto, suplico a Vuestra Majestad me dé licencia para ir a hacerle compañía. Basta que Vuestra Majestad pronuncie
una palabra para que yo me arreste a mí mismo; yo os respondo de que para eso no tendré
necesidad del capitán de guardias. El rey se abalanzó a su bufete y tomó la pluma para
dar la orden de aprisionar a D'Artagnan,
––¡No olvidéis que es para toda la vida! ––exclamó el rey con acento de amenaza.