alejandro dumas el hombre de la mascara de hierro (1).pdf

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Cómo el rey Luis XIV hizo su pequeño papel
El caballo blanco y el caballo negro
En el cual la ardilla cae y la culebra vuela
Belle-Isle-en-Mer
Las explicaciones de Aramis
La despedida de Porthos
El hijo de Biscarrat
La gruta de Locmaria
En la gruta
Un canto de Hornero
La muerte de un titán
El epitafio de Porthos
El rey Luis XIV
Los amigos de M. Fouquet
El testamento de Porthos
¡Padre, padre!
El Angel de la muerte
El último canto del poema
Epílogo
La muerte de D'Artagnan
TRES COMENSALES ADMIRADOS DE COMER JUNTOS
Al llegar la carroza ante la puerta primera de la Bastilla, se paró a intimación de un centinela, pero en cuanto D'Artagnan hubo dicho dos palabras, levantóse la consigna y la carroza entró y tomó hacia el patio del gobierno.
D'Artagnan, cuya mirada de lince lo veía todo, aun al través de los muros, exclamó de
repente:
––¿Qué veo?
––¿Qué veis, amigo mío? ––preguntó Athos con tranquilidad.
––Mirad allá abajo.
––¿En el patio?
––Sí, pronto.
––Veo una carroza; habrán traído algún desventurado preso como yo.
––Apostaría que es él, Athos.
––¿Quién?
––Aramis.
––¡Qué! ¿Aramis preso? No puede ser.
––Yo no os digo que esté preso, pues en la carroza no va nadie más.
––¿Qué hace aquí, pues?
––Conoce al gobernador Baisemeaux, ––respondió D'Artagnan con socarronería: ––
llegamos a tiempo.
––¿Para qué?
––Para ver.
––Siento de veras este encuentro, ––repuso Athos, ––al verme, Aramis se sentirá contrariado, primeramente de verme, y luego de ser visto.
