Los poseedores del fuego han muerto.pdf


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“escribe con luz”, constituye una suerte de intermediario entre la gente y La Imagen, nombre
que hemos querido dar al “fragmento de Dios” recuperado por el arte fotográfico, un
fragmento que se nos revela como la línea divisoria entre lo material y lo intangible, lo tocable
y lo intocable, lo concreto y lo impreciso. La Imagen (imago) no es la figura real sino la
imitación.
Cuando las personas experimentan necesidad o asumen el mandato social de celebrar culto a
Dios, La Imagen, asisten a los nuevos templos, lugares de encuentro que fotógrafos y
videógrafos llaman estudios. Es cierto que algunos individuos pueden acercarse a La Imagen
obviando a los intermediarios, pero aquellas cámaras en manos amateurs no siempre
concretaban la unión de manera exitosa o convincente, sólo los practicantes oficiales podían
garantizar el sacramento. Recordemos, cuando hablo de Dios hablo de La Imagen, o mejor: del
fragmento “celestial” recobrado por la fotografía y el video.
Durante buena parte del siglo XX, período en el que la racionalidad entra en crisis, la religión
de La Imagen encuentra, primero en la fotografía y luego en el video, dos agentes predilectos;
pero del mismo modo que antes y en un contexto social diferente la ciencia y la tecnología
habían contribuido con el desapoderamiento y la dispersión de Dios, ahora, entrado el siglo
XXI, un nuevo avance de estas vertientes hará lo mismo, aunque ya no con La Imagen,
recipiente del logos (término entendido en este contexto como “sentido”, “significado”,
“vehículo que da razón a las cosas”), sino con sus intermediarios: fotógrafos y videógrafos.
Con la posmodernidad y la acometida de las religiosidades alternativas La Imagen se vuelve
más palpable y, en cierto modo, preferencial. La tecnología abre un boquete en el muro del
templo de los fotógrafos y los videógrafos sociales y La Imagen, un fragmento de la “metáfora
Dios”, sale a la calle. Una vieja señal vuelve a parpadear con fuerza: Dios, La Imagen, está en
todas partes. Cualquiera puede encontrar ahora el camino sin la guía de intermediarios
oficiales. Yo tengo para mí que La Imagen se ha multiplicado para sosegar la sensación
angustiante que provoca el sabernos mortales.
Un dispositivo de bolsillo basta para reproducir las infinitas caras de La Imagen. Los teléfonos
inteligentes incorporan aplicaciones informáticas para conectar con lo supremo. El acto que
origina el autorretrato, selfie, se ha convertido en uno de los modernos rituales, la prueba más
cabal de que ese fragmento de Dios, La Imagen, existe, que podemos encontrarlo también en
cada uno de nosotros.
Como nunca antes, la fotografía habla ahora de otras fotografías y éstas de lo que somos.
Fotografía y video se renuevan desde las masas. La multitud eleva a la venerada Imagen hasta
una tribuna con tono de promesa, la promesa de que muy pronto volverá, en unos minutos o
una hora, mañana y pasado, en cualquier momento, rompiendo con el tradicional concepto de
que en la vida de las personas sólo “deben” fotografiarse o grabarse momentos “especiales”.
Las fotos que ayer sobresalían en las paredes del hogar están “colgadas” hoy en otros muros,
porque la idea de privacidad ha debido girar para permitir la paradoja de lo multitudinario. Las
redes sociales se han vuelto templos públicos donde se adorara a La Imagen. Las figuras
ordenan la realidad. Aquello de que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza nunca fue
tan real y cierto.