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© Pablo Tosco

no remuneradas o como productoras para el autoconsumo. La única información de que
se dispone en cuanto a la actividad productiva de mujeres se refiere a los hogares donde
éstas son las jefas de hogar, en ausencia de un hombre. El resto de mujeres para todos los
efectos realizan un trabajo invisible, ignorado por los instrumentos estadísticos tradicionales y subestimado en el cálculo de la población económicamente activa (ver cuadro 2).

Cuadro 2. El trabajo invisible de las mujeres rurales
La participación de las mujeres en la agricultura está enormemente subestimada, pues
a la gran mayoría de ellas no se las considera agricultoras sino amas de casa. A pesar
de que sus jornadas de trabajo se extienden en promedio hasta las 16 horas diarias
(según datos del Observatorio Centroamericano Mujeres y Tierra y las múltiples
encuestas de uso del tiempo consultadas) durante las cuales combinan tareas dentro
y fuera del hogar, las estadísticas ocultan su aporte productivo bajo la categoría del
trabajo doméstico. Un trabajo no valorado económicamente pese a incluir tareas con
un valor económico y laboral importante como el manejo de los huertos caseros, la
producción de abono, la alimentación y el cuidado de las aves y demás animales de
patio, la siembra y la recolección de granos básicos, la producción de harinas y conservas o la venta en los mercados locales, entre muchas otras cosas.
Si se atiende a las estadísticas laborales, en América Latina sólo 17 de los 58 millones de mujeres rurales son reconocidas como parte de la fuerza de trabajo
agrícola (FAO 2011). Es decir, el 70% de las mujeres rurales no existen a efectos de
las estadísticas nacionales de “población económicamente activa”.
Para analizar con mayor precisión la participación laboral de las mujeres sería necesario
considerar tanto el trabajo para el mercado como para el autoconsumo, valorando dichos
trabajos como actividad económica, tal como lo establece la OIT (Valenzuela 2012).

Tierra para nosotras

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