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de que lo había entrenado para soportar y padecer semanas tras semanas las hambres
parciales. La vida de perro que le tocó sortear a este animal al lado del morocho,
forzosamente consagrado a la abstinencia de sus alimentos, me colmaba de gran
conmoción, pero pensaba que esa misma consagración lo conduciría directamente al
cielo. De todas formas, sentía lástima con hambriento y sarnoso perro. Por varios días
me dispuse a cazar un conejo vivo con una trampa, con el único propósito de someter a
prueba, el día sábado, la autentica fortaleza moral y de obediencia al ayuno que
verdaderamente aseguraba el dueño que su perro hacia en sábados. Aunque no me
considero buen cazador, logré mi objetivo de atrapar un conejo. Un sábado
precisamente, hice la prueba, de dos bocados el perro devoró al indefenso conejito.
En la celda siguiente, muy cercana a la mía, Gustavo se mueve una y otra vez,
lamentándose, pero alegre como siempre. Quiero traer aquí en recuerdo, la frase de
Raymond Cartier: “El drama del Universo; no hay nada tan patético como el suicidio de
las ballenas cuando van a morir en enormes cantidades a la tierra firme que les
perteneció hace muchos millones de años”.
Esta narración de Cartier la escuché aquí en la prisión en uno de los programas de
Gloria Valencia de Castaño, en su programa “Naturalia” y me ha llegado al recuerdo,
esta noche, las ocurrencias de aquel isleño, el negro de San Andrés. Puedo verlo sentado
mirando hacia el mar, concentrado tal vez, en su otro extremo. Permanece por espacio
de inagotables horas ensimismado, al contemplar con tristeza la inmensa extensión del
anchuroso mar. Pero es este mar no hay absolutamente nada que observar, no que
apreciar. Es un mar sin peces de colores ni pedazos de madera flotando, sin esos peses
que por las tardes vuelan, ni barcos que cruzan surcando sus aguan azules entre sí,
saludándose con sus ensordecedores pitos y que se dirigen a diferentes continentes, sin
el olor a agua salada que nos llega con la brisa que acaricia nuestra piel. El mar del
negro, es un mar muerto, desolado y vacío. Lo mismo que puede palpar y sentir esta
noche Gustavo en la celda siguiente. Por encontrarse tan cerca de mí, esta noche me ha
servido para descubrir los motivos que el isleño tenia para dedicarse a razonar por
largas horas tratando de investigar en indómito mar, con tanta persistencia, hasta
llegaba a enfermarse de gravedad cuando no podía ir hasta la orilla de la playa para
contemplar la hermosura del mar que en cierto modo se conformaba en parte de su vida.
Hasta esta noche he venido a comprender que no se trataba entonces de una
contemplación, sino de una costumbre con raíces ancestrales de sus antepasados. Aquel
negro adventista de San Andrés, tenia que sentirse unido al mar por el mismo cordón
umbilical de la nostalgia y el recuerdo. Por ese mismo cambio privado de la sangre que
le germina par sus venas a través de millares de recuerdos en peregrinajes de
sufrimiento y dolor. El isleño, escudriñaba en el extenso mar su verdadera procedencia,
ese pequeño terruño de sus antepasados. El olor que le llegaba con la brisa desde el mar,
venia a representarle el útero materno, intentando alcázar en ese mar, el remoto milagro
de Dios. Quería encontrar en aquellas aguas la caravana donde hace mochos siglos
habitaban los de su especie, al igual que las ballenas pródigas de las que hace referencia
Raymond Cartier. Eso mismo le puede acontecer apersonas que son de otras ciudades y
no cuenta con un sito donde dormir la primera noche que es dejado en libertad,
tocándole volver a la prisión de donde acaba de salir.
Otro de los tantos episodios que pude presenciar en aquel entonces y describir ahora,
relacionado con nuestra estadía en aquella casa campestre cerca de Bahía Concha, fue
precisamente el de que los bañistas andaban en traje de Adán y Eva cuando estos se
encontraban en el paraíso. Tal vez por la soledad y la tranquilidad que reinaba en aquel
agradable lugar, los escasos turistas que casualmente se podían ver, se paseaban
desnudos, tanto hombres como mujeres, de donde se puede sacar en conclusión que