Agil Mente Estanislao Bachrach.pdf

Vista previa de texto
Ojo al piojo
Henri Matisse decía: “Ver es una operación creativa del cerebro que requiere de esfuerzo”. Y era todo un adelantado. Hoy se sabe que la
experiencia visual no es algo pasivo sino que se desarrolla analizando diferentes flujos de información que incluyen color, movimiento,
formas exteriores, etcétera. Cada uno de estos aspectos es procesado de manera separada y simultánea, y luego agrupado para su síntesis
en diferentes áreas del cerebro. Lo que vemos es el producto final de una larga y compleja línea de ensamblaje. Este proceso de
construcción comienza cuando la información captada por los ojos, la materia prima, es enviada a la parte de atrás del cerebro y desde allí
se divide en dos caminos que van a diferentes áreas, donde se procesará el color, el tamaño, la forma, etcétera. Por fin, todos estos
elementos se volverán a juntar para convertirse en la imagen “final”, la que tiene sentido para nosotros.
Al menos un cuarto del cerebro está involucrado en el proceso de la visión, mucho más que en cualquier otro de los sentidos. Además, el
setenta por ciento de todos los receptores de los sentidos del cuerpo está en los ojos. Es decir, básicamente
entendemos el mundo que
nos rodea mirándolo. En un experimento muy famoso de la Universidad de Bordeaux, se agregaron colorantes rojos sin sabor ni olor a un
vino blanco, y tanto el olfato como el gusto de expertos
sommeliers fueron engañados por el color del vino que fue descripto por los
catadores utilizando un vocabulario apropiado para vinos tintos. Otro experimento muestra el poder de la visión sobre los otros sentidos,
mediante tecnología de resonancia magnética nuclear se observa que al mirar un video sin sonido de personas dialogando se encienden áreas
del cerebro responsables de la audición, pero si miramos a una persona haciendo muecas esas áreas están en silencio. Claramente, el
estímulo visual influye en el auditivo, aunque no haya sonido.
Como mencionamos antes, la visión no ocurre en los ojos sino en el cerebro. Los ojos captan la luz y hacen foco pero el cerebro le da
sentido al color, la forma, las expresiones faciales. Por eso podemos recordar escenas con realismo luego de meses o años, podemos “ver”
algunas imaginadas o soñar muy nítidamente. Hemos escuchado muchas veces que una imagen vale más que mil palabras, es así porque las
imágenes y el texto siguen diferentes reglas dentro del cerebro.
Algunas experiencias muestran que las personas pueden recordar más de dos mil quinientas imágenes con más del noventa por ciento de
eficiencia varios días después de haberlas visto, incluso si los participantes ven la foto sólo durante diez segundos. Un año más tarde el
recuerdo de esas imágenes es del sesenta y tres por ciento. Comparadas con el texto y las presentaciones orales, las imágenes son
supercampeonas del recuerdo. Recordamos apenas el diez por ciento de una presentación oral luego de tres días, el promedio sube al
sesenta y cinco por ciento si le agregamos una imagen. Está ampliamente demostrado que el aprendizaje
multisensorial es mucho más
eficiente que cuando usamos uno sólo de nuestros sentidos. Con el texto resulta aun peor que con las presentaciones orales, y eso se debe a
que el cerebro ve las palabras del escrito como muchísimas pequeñas imágenes; es decir que en lugar de palabras vemos minúsculas
muestras de arte con cientos de formas. Esto significa que para la parte más evolucionada del cerebro, el córtex, las palabras no existen, son
imágenes. Probablemente se deba a que nuestra historia evolutiva estuvo dominada por hojas de árboles y leopardos hambrientos y no por
letras estilo times new roman.
En el momento en que nos paramos en dos piernas, la visión se convirtió en nuestro sentido central. De esta forma podíamos escanear
con más eficiencia alrededor de nosotros los predadores, los movimientos, la comida, las fuentes de agua, las oportunidades de
reproducirse, etcétera. Si hablamos de evolución, los bebés son los mejores conejillos de Indias para entender más acerca de nosotros. Si
atamos una cinta con una campanita en la pierna de un bebé menor de un año, veremos que al principio parecerá que la mueve de manera
azarosa, pero pronto aprenderá que al mover esa pierna suena la campana y felizmente empezará a moverla más que la otra. Si cortamos la
campana de la cinta y la dejamos a un lado, el bebé seguirá pateando con esa pierna y lo hará cada vez más fuerte y seguido incluso ante la
ausencia de sonido. Sin éxito mirará la campana junto a su pierna. Este comportamiento visual del bebé nos dice que está prestando atención
al problema. Hoy podemos medir con la tecnología su estado atencional. Esto nos enseña que desde chicos empezamos a aprender las
relaciones causa-efecto. Aunque no les enseñemos a mirar ciertas cosas, los bebés ya vienen con algunos
softwares dedicados al proceso
visual precargados en su cerebro. Estos softwares prefieren patrones con mucho contraste, ya que nos permiten percibir, por ejemplo, qué
objetos que se mueven juntos son parte de lo mismo, las rayas blancas y negras de una cebra. Podemos discriminar desde pequeños las
caras humanas de las no humanas, prefiriendo obviamente las primeras. Podemos comprender el tamaño en relación con la distancia.
Cuando un objeto se aproxima se hace más grande pero es el mismo objeto. Es decir, nuestra predominancia por un comportamiento
fundamentalmente visual comienza de muy chicos. Cuando se les pregunta a personas de setenta años de qué cosas se acuerdan, la mayoría
traerá recuerdos de entre sus quince y treinta años de edad. Por esto se cree que el pico de memoria visual ronda en esos años. Es probable
