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PLACER
FLOTOGRAFÍAS
Si pensáramos en alguien que no usara la frase “una imagen vale más que mil palabras” Borges sería uno de ellos, sin lugar a dudas. Pero los caminos del lenguaje son inescrutables. La
palabra, primero oral y luego escrita, ha tenido siempre el aura de lo perdurable, al ser la herramienta básica que nos permite ser lo que somos. Sin ella, usted simplemente no estaría leyendo
esto; quizás ni siquiera sería quien cree que es. Entendiendo el lenguaje como una concienzuda
destilación de la comunicación entre semejantes, la palabra escrita siempre ha destacado por
su versatilidad a la hora de transmitir experiencias. Es la jefa, la que reparte el bacalao en el
empeño de entender y entendernos, o por lo menos, de maltratarnos los unos a los otros. Pero no
es la única, a pesar de su innegable preponderancia. Una de las cualidades del lenguaje escrito
es la concreción que se puede conseguir con él, otra es la capacidad que tiene para evocar
imágenes y sensaciones que en un primer momento se presuponen más allá de la mera escritura.
Esta combinación, que siempre ha sido resaltada como algo positivo, muchas veces se convierte
en refugio de temeridades lingüísticas, cuando no, directamente, en una patata caliente que se
sirve al lector sin ningún tipo de contemplación. En cambio, la fotografía, asumiendo la hipocresía de las necesidades técnicas como peaje ineludible, nos ofrece algo más primario, donde las
interpretaciones normalmente restan, y la tan adulada evocación de las artes escritas, mirándole
envidia su franqueza.
En fin, lo que pretendía decir, antes de sucumbir bajo las garras del lenguaje escrito, es que las
fotos también molan, y más éstas, todo un recorrido por la guerra en tiempos de paz.
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