Revista Ambiente Siglo XXI. N° 12.abril 2008.pdf


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Volumen 1,



12.

Ambiente

En contacto con la naturaleza

Siglo

XXI

Página

Los delfines rosa del río Yabarí. Leandro Andrés Miranda

En febrero del 2001 decidí realizar un viaje por Sudamérica. Como soy un apasionado del ecoturismo y la aventura en un primer itinerario pensé en visitar Ecuador, Perú y Brasil. La idea era combinar mar, montañas y selva
tratando de observar la mayor cantidad de animales posibles y vivir sensaciones diferentes a la de mi vida en la
gran ciudad de Buenos Aires.
El plan original fue ir hasta Quito, visitar la ciudad de Baños famosa por sus aguas termales, luego volar hacia
las Islas Galápagos y de regreso cruzar la frontera con el Perú e intentar remontar el río Amazonas.
Después del increíble viaje por las Islas Galápagos y de haber constatado los pasos que siguió Charles Darwin en
el desarrollo de la teoría de la evolución de las especies, me dirigí a la ciudad de Guayaquil para continuar con el
viaje hacia el río Amazonas.
Cada tanto por mi cabeza aparecían imágenes de los animales observados en las islas: Iguanas marinas y terrestres, tortugas gigantes, los famosos pinzones de Darwin, lobos marinos, tiburones martillo, manta rayas e infinidad de peces como nunca había visto en mi vida. Pensaba que ya nada podría sorprenderme en este viaje, sin
embargo estaba muy equivocado.
Cruzar la frontera Ecuador- Perú fue casi una misión imposible. Llegué al anochecer a la ciudad de Huaquillas y
al acercarme a la aduana me dijeron que la frontera estaba cerrada y que no podía pasar hasta el día siguiente.
La ciudad de Huaquillas es considerada como una de las más peligrosas de Sudamérica. Si bien no tuve ningún
percance nunca olvidaré la noche en vilo que pasé en esa ciudad ecuatoriana.
Del otro lado de la frontera se encuentra la ciudad de Tumbes, pequeño poblado de estilo colonial con gente muy
amable. La idea seguía siendo remontar el rió Amazonas desde su nacimiento en el Perú. Sin embargo, no era
una empresa fácil y después de algunas averiguaciones decidí volar hacia Iquitos y empezar el viaje desde allí.
Iquitos es la capital de la amazonia peruana, una ciudad muy pintoresca, colorida, con mucho movimiento. Mi
primera sensación al ver al gigante marrón fue la de admiración, mi pulso se aceleraba mientras mis ojos se perdían en el horizonte. De repente comprendí el porque de tantos adjetivos superlativos sobre este río. El Amazonas es inmenso y legendario, es el más caudaloso de mundo, y parece un mar de agua dulce en continuo movimiento.
Luego de unos días en Iquitos partí surcando el Amazonas en una lancha rápida hacia la triple frontera. En este
lugar muy particular confluyen tres países: Perú, Brasil y Colombia. He aquí mi primera sorpresa al no saber que
Colombia poseía parte del Amazonas. La triple frontera está representada por las ciudades de Tabatinga (Brasil),
Leticia (Colombia) y un pequeño caserío llamado Islandia en el lado peruano. Tenía que pasar la noche en alguna
de estas ciudades y me pareció divertido hacerlo del lado colombiano en la ciudad de Leticia. Si bien está ubicada
en la costa del río es muy parecida a las ciudades del caribe colombiano. En sus calles se respira el vallenato, la
cerveza y el ron con cola. También el peligro de los traficantes de droga y de la guerrilla se percibía en esta ciudad
ya que la presencia de personas armadas era constante. Luego de caminar sin rumbo por unos minutos, llegué a
un pequeño hotel llamado “Los Delfines”. He aquí mi segunda sorpresa. Pregunté con curiosidad a la dueña el
porque de este nombre. Sonriendo me respondió: “No has visto a los delfines rosa del Amazonas”. Obviamente
contesté que no y hasta pensé que era una broma. La conversación se volvió más seria y mi curiosidad por conocer a los delfines rosa se hizo incontenible. Se me acercó un paisano llamado Edwin y en un tono muy amable se
ofreció a hacerme de guía y llevarme al santuario de los delfines rosa en el río Yabarí. No escuché mucho sus
argumentos, ni cuantos días, ni el precio que había que pagar, sólo quería conocer a los delfines rosa.
Partimos al día siguiente en canoa hacia una reserva ecológica situada en los márgenes del río Yabarí. Este río es
un afluente del río Amazonas situado en el corazón de la selva amazónica peruana. En la confluencia de ambos
ríos, el Amazonas tiene una anchura de más de 200 metros. y las aguas arrastran gran cantidad de árboles, palos
y sedimentos, dándole al agua una apariencia bastante turbia.
Luego de dos horas de navegación por el río Yabarí llegamos a un hotel ecológico donde pasaríamos la noche. En
realidad un par de chozas con hamacas y mosquiteros, sin luz ni agua. Todavía no había noticias de los delfines
rosa y mi impaciencia crecía. Edwin con su voz serena me explicó que al santuario había que ir muy temprano,
casi de madrugada que sea paciente y que confiara en él.
Esa noche casi no pude dormir. La selva es un lugar increíble, la vida parece brotar todo el tiempo y por todas
partes. La oscuridad de la noche se veía interrumpida constantemente por toda clase de fosforescencias y luminiscencias. Los verdes, amarillos y rojos salpicaban la oscuridad incesantemente. Otra característica de las noches en la selva, es la infinidad de ruidos que se producen. Jugué durante un tiempo a tratar de correlacionar a
los animales que conocía con los extraños sonidos que escuchaba. Me dormí y soñé con los delfines rosa. El delfín
rosado del Amazonas es también conocido como "boto rosa" siendo una de las cinco especies de delfines de agua
dulce que existen en nuestro planeta. Los ejemplares adultos poseen aproximadamente tres metros de largo y
cerca de 125 kg. de peso. Se encuentra activo las veinticuatro horas del día descansando por cortos períodos en
donde aparece reposando entre las ramas de los árboles en las márgenes del río. El color rosado de su piel es
característico sólo de los ejemplares adultos.
Al alba me desperté sobresaltado, había llegado el momento. No se porqué me sentía escéptico y pensaba en las
excusas que pondría Edwin al no encontrar ningún delfín.
Subimos a la canoa y remando muy lentamente y en completo silencio remontamos al río Yabarí. El agua parecía
un espejo y una espesa bruma inundaba el ambiente dificultando la visibilidad. Luego de aproximadamente una
hora que para mi fue eterna, Edwin señaló con el remo hacia la derecha. Apuntaba hacia un pequeño embalsado
a unos cien metros de distancia. Forzando un poco la vista pude observar varios bultos que se movían muy lentamente en el agua entre las plantas cercanas a la orilla. Con gran excitación pude observar a una familia de delfines rosa. Eran dos ejemplares adultos de un color rosa fuerte en el lomo y un rosa pálido en el vientre y tres
ejemplares más pequeños con una coloración gris- blanquecino. Nadaban lentamente acercándose a nosotros,
parecían no haber percibido nuestra presencia. El silencio era absoluto, la bruma comenzaba a disiparse cuando
los 5 delfines pasaron a mi lado junto a la canoa.
Ese momento mágico vivido en el río Yabarí vivirá por siempre en mi mente como el más grato regalo que me dio
la naturaleza en ese viaje por la selva Amazónica.

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