Feminismo y marxismo, un matrimonio mal avenido.pdf

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PAPERS DE LA FUNDACIÓ/88
tareas adicionales antiguamente localizadas en la familia y cambia la localización del
despliegue de la fuerza de trabajo de la mujer52, lo cierto es, sin embargo, que, como
antes afirmamos, las diferencias salariales, provocadas por la extrema segregación de
los puestos de trabajo en el mercado, refuerzan la familia y, por consiguiente, la
división doméstica del trabajo, al incitar a la mujer a casarse. El “ideal” del salario
familiar -que un hombre pueda ganar lo suficiente para mantener a toda la familiapuede estar dando paso a un nuevo ideal: que tanto el hombre como la mujer
contribuyan con su salario a los ingresos de la familia. Las diferencias salariales
serán, pues, cada vez más necesarias para perpetuar el patriarcado, el control
masculino de la fuerza de trabajo de la mujer. Las diferencias salariales ayudarán a
definir el trabajo de la mujer como secundario para el hombre al mismo tiempo que
servirán para prolongar la dependencia económica de la mujer con respecto al
hombre. La división sexual del trabajo en el mercado y en otras partes debe ser
entendida como una manifestación del patriarcado que sirve para perpetuarlo.
Mucha gente ha afirmado que aun cuando ahora exista una colaboración entre el
capital y el patriarcado, ésta puede resultar a la larga intolerable para el capitalismo; el
capital puede terminar por destruir tanto las relaciones familiares como el patriarcado.
La lógica de este argumento estriba en que las relaciones sociales capitalistas (de las
que la familia no es un ejemplo) tienden a universalizarse, en que, a medida que la
mujer sea cada vez más capaz de ganarse la vida, se negará cada vez más a
someterse a esa subordinación en la familia y en que, dado que la familia es opresiva,
sobre todo para las mujeres y los niños, se hundirá tan pronto como éstos puedan
mantenerse al margen de ella.
Nosotras no pensamos que las relaciones patriarcales encarnadas en la familia
puedan ser destruidas tan fácilmente por el capital, y vemos pocos signos de que el
sistema familiar se esté desintegrando en la actualidad. Aunque la creciente
participación de la mujer en el trabajo ha hecho más factible el divorcio, los incentivos
para divorciarse no son irresistibles para la mujer. Son pocas las mujeres a las que su
salario les permite mantenerse a sí mismas y mantener a sus hijos de forma adecuada
e independiente. Los signos de decadencia de la familia tradicional son todo lo más
muy débiles. Más que aumentar, el índice de divorcios se ha igualado entre las
distintas clases; además, el índice de divorciados que se casan de nuevo es muy alto
también. Hasta el censo de 1970, el índice de matrimonios en primeras nupcias
proseguía su decadencia histórica. A partir de 1970, la gente pareció posponer el
matrimonio y los hijos, pero a partir de entonces el índice de natalidad comenzó a
crecer de nuevo. Es cierto que sectores más amplios de la población viven ahora al
margen de las familias tradicionales. Los jóvenes, en especial, dejan la casa de sus
padres y establecen su propio hogar antes de casarse y fundar una familia tradicional.
La gente mayor, y en especial las mujeres, se siente sola en su propia casa cuando
sus hijos crecen, tras la separación o la muerte del cónyuge. Sin embargo, todo indica
que las nuevas generaciones de jóvenes tienden a formar familias nucleares en algún
momento de su vida adulta en mayor proporción que antes. Los grupos de personas
nacidas a partir de 1930 arrojan un índice de nupcialidad y natalidad mayor que los
grupos de personas nacidas de esa fecha. La duración del matrimonio y la crianza de
los hijos pueden acotarse, pero su incidencia sigue en aumento53.
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