Feminismo y marxismo, un matrimonio mal avenido.pdf

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PAPERS DE LA FUNDACIÓ/88
capitalistas de trabajo, son obligados a competir en la forma prescrita por estas
relaciones y asimilan los valores correspondientes57. La descripción que hacen las
feministas radicales de los hombres no está del todo desencaminada en las
sociedades capitalistas. En segundo lugar, incluso cuando los hombres y las mujeres
no se comportan realmente tal como prescriben las normas sexuales, los hombres
reclaman para sí aquellas características que son más valoradas en la ideología
predominante. Así, por ejemplo, los autores de Crestwood Heights descubrieron que
aun cuando los hombres que ejercían una profesión se pasaran el tiempo
manipulando a sus subordinados (utilizando a menudo técnicas que apelaban a
motivos fundamentalmente irracionales para conseguir el comportamiento deseado),
hombres y mujeres describían a los hombres como “racionales y pragmáticos”. Y aun
cuando las mujeres dedicaran grandes energías a estudiar métodos científicos sobre
la crianza y el desarrollo de los hijos, hombres y mujeres de Crestwood Heights
describían a las mujeres como “irracionales y emocionales”58.
Esto ayuda a explicar no sólo las características “masculinas” y “femeninas” en las
sociedades capitalistas, sino también la forma especial que reviste la ideología sexista
en las sociedades capitalistas. Así como el trabajo de la mujer sirve al doble propósito
de perpetuar la dominación masculina y la producción capitalista, así también la
ideología sexista sirve al doble propósito de glorificar los valores capitalistas y las
características femeninas. Si la mujer es denigrada o privada de poder en otras
sociedades, la razón (racionalización) de los hombres para hacerlo es muy diferente.
Sólo en una sociedad capitalista tiene sentido considerar a la mujer emocional o
irracional. Estos calificativos no habrían tenido sentido en el Renacimiento. Sólo en
una sociedad capitalista tiene sentido considerar a la mujer “dependiente”. El
calificativo de “dependiente” no tendría sentido en una sociedad feudal. Dado que la
división del trabajo hace que la mujer, como esposa y madre, se ocupe sobre todo de
la producción de valores de uso en la familia, la denigración de estas actividades hace
olvidar que el capital no puede satisfacer las necesidades socialmente determinadas
al mismo tiempo que degrada a la mujer a los ojos del hombre, proporcionando una
excusa para el dominio masculino. Un ejemplo de esto puede verse en la peculiar
ambivalencia de los anuncios en la televisión. Por una parte, hay unos obstáculos
reales para satisfacer unas necesidades socialmente determinadas: detergentes que
destrozan la ropa e irritan la piel, porquerías de todo tipo. Por otra parte, hay que
denigrar la preocupación por estos problemas; esto se consigue burlándose de las
mujeres, las trabajadoras que deben hacer frente a estos problemas.
Se podría esgrimir un argumento paralelo para demostrar la colaboración entre el
patriarcado y el capitalismo hablando de la división sexual en los centros de trabajo.
La división sexual del trabajo coloca a la mujer en los puestos peor pagados y en las
tareas supuestamente apropiadas al papel de la mujer. Las mujeres son maestras y
asistentes sociales, y son también mayoría entre el personal sanitario. Los papeles
educativos que la mujer desempeña en estos puestos de trabajo están mal
considerados en parte porque el hombre denigra el trabajo de la mujer. Están también
mal considerados porque el capitalismo hace hincapié en la independencia personal y
en la capacidad de la empresa privada de satisfacer las necesidades sociales, lo que
se contradice con la necesidad de unos servicios sociales colectivos. Mientras la
importancia social de las tareas educativas pueda ser denigrada porque es la mujer la
que la desempeña, la confrontación de la prioridad que concede el capital a los
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