Feminismo y marxismo, un matrimonio mal avenido.pdf


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PAPERS DE LA FUNDACIÓ/88

capital a adaptarse (el mantenimiento de wc separados para blancos y para negros en
Sudáfrica sólo puede ser interpretado como un coste económico para los capitalistas,
pero en cualquier caso menor que el coste social de obligar a los sudafricanos blancos
a compartirlos con los negros).
Si el primer elemento de nuestro argumento acerca del rumbo del desarrollo capitalista
es que el capital no siempre es todopoderoso, el segundo es que el capital es
tremendamente flexible. Cuando la acumulación del capital se encuentra con formas
sociales preexistentes, las destruye y se adapta a ellas. La “adaptación” del capital
puede ser considerada como un reflejo de la fuerza de estas formas preexistentes que
perduran en un medio nuevo. Sin embargo, aun cuando perduren no permanecen
invariables. La ideología con que se interpretan la raza y el sexo hoy, por ejemplo,
está en gran medida configurada por el reforzamiento de las divisiones raciales y
sexuales en el proceso de acumulación.
La familia y el salario familiar hoy
Antes afirmamos que la mutua adaptación del capitalismo y el patriarcado tomó la
forma de creación de un salario familiar a comienzos del siglo XX. El salario familiar
cimentó la colaboración entre el patriarcado y el capital. Pese a la mayor participación
de la mujer en el mercado de trabajo, especialmente rápida desde la segunda guerra
mundial, el salario familiar sigue siendo, afirmamos, la piedra angular de la actual
división sexual del trabajo, en la que la mujer es primordialmente responsable del
trabajo doméstico y el hombre lo es primordialmente del trabajo asalariado. El salario
más bajo de la mujer en el mercado de trabajo (unido a la necesidad de que los niños
estén al cuidado de alguien) asegura la existencia continuada de la familia como
unidad global de ingresos. La familia, apuntalada por el salario familiar, facilita pues el
control del trabajo de la mujer por el hombre tanto dentro como fuera de la familia.
Aunque el incremento del trabajo asalariado de la mujer pueda crear tensiones en la
familia (similares a las tensiones que Kautsky y Engels detectaron en el siglo XIX),
sería erróneo pensar que, como consecuencia de esto, pronto desaparecerán el
concepto y la realidad de la familia y la división sexual del trabajo. La división sexual
del trabajo reaparece en el mercado de trabajo, donde la mujer realiza labores
femeninas, a menudo las mismas que solía hacer en casa: preparar y servir comidas,
limpiar, cuidar personas, etcétera. Todos estos trabajos están mal considerados y mal
pagados, por lo que las relaciones patriarcales permanecen intactas, aunque su base
material cambie algo al pasar de la familia a las diferencias salariales. Carol Brown,
por ejemplo, mantiene que estamos pasando de un patriarcado “de base familiar “a un
patriarcado “de base industrial” dentro del capitalismo50.
Las relaciones patriarcales de base industrial se imponen de diversas formas. Los
contratos sindicales que especifican salarios más bajos, beneficios menores y
oportunidades de promoción más escasas para la mujer no son sólo reliquias atávicas
-mera cuestión de actitudes sexistas o de ideología machista-, sino que mantienen la
base material del sistema patriarcal. Si bien algunos llegan a afirmar (véase, por
ejemplo, Stewart Ewen, Captains of consciusness51) que ya no existe patriarcado en la
familia, nosotras no compartimos esa opinión. Aunque los términos del compromiso
entre el capital y el patriarcado estén cambiando a medida que se capitalizan las

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