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© Diego Levis 2000/2011
Arte y computadoras
Generaciones Siguientes entendieron que ese dilatado Mapa era Inútil y no sin
Impiedad lo entregaron a las inclemencias del Sol y de los Inviernos. (...) “ Jorge Luis
Borges “Del rigor de la Ciencia”16
La utilidad de un mapa, su valor como imagen representativa, está relacionada con
su capacidad sintética, de modo tal que sea capaz de mostrar las características relevantes
del territorio que le sirve de modelo. El mapa imaginado por Borges, en su perfección,
carece de sentido y de toda utilidad. Tomás Maldonado ahonda en este mismo punto al
señalar que más allá del umbral crítico de la perfección de la representación - al cual,
advierte, nos estamos acercando- “la perfección de la ilusión” se niega a sí misma. “puesto
que si la ilusión ya no se puede distinguir de la realidad no puede imaginarse ninguna
ulterior perfección de la ilusión” (1994:56).
El avance de lo efímero
La computadora, dispositivo técnico al que algunos autores ven como máquina
universal, no sólo sirve para modelar imágenes (y sonidos, textos, cifras, etc.) sino que
permite crear simulaciones en cuatro dimensiones (las tres espaciales más el tiempo), las
mismas con las cuales percibimos la realidad. Esto supone una maleabilidad del tiempo en
la representación que, unido a la capacidad de los sistemas informáticos de crear entornos
artificiales inmersivos, rompe con el marco rectangular en el que acostumbran refugiarse la
mayor parte de las artes visuales y las artes escénicas – desde el bastidor de un cuadro o la
pantalla del televisor al escenario rectangular del teatro de escenario y patio de butacas, la
obra artística se presenta ante el espectador desde una falsa ventana que marca y limita el
rumbo de su mirada hacia una narratividad que tiende a ser secuencial.
En este proceso cumple una función fundamental la utilización de las posibilidades de
interactividad que ofrecen los sistemas digitales. Esta capacidad hace que la lectura de la obra
se vincule directamente con la mirada y la acción personal de cada uno de los espectadores,
16 Jorge Luis Borges (1960) “Del rigor en la ciencia” en El hacedor. Emecé, Buenos Aires.
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