Felipe J. Muslera La Locura y la Imaginación, villanos de nuestra era.pdf


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“Los locos abren los caminos que más tarde recorren los sabios.” – Carlo Dossi
“Una vez al año es lícito hacer locuras.” – San Agustín

En ocasiones, nos referimos a la locura, y de maneras muy diversas. Es innegable
que la frase “este está re loco” puede tener (tomando en cuenta simplemente
nuestro barrio) múltiples y diversas acepciones, algunas “positivas” y otras
intencionalmente utilizadas de manera “negativa”. Ahora bien, ¿qué define lo
correcto o incorrecto de “estar re loco”? En mi opinión, nada más que el criterio de
quien define.
No es curioso entonces que en una sociedad de premios y castigos (sobre todo,
estos últimos), quienes están virtualmente “de un lado”, vean con malos ojos a
quienes, según ellos, están “del otro”. No es llamativo, tampoco, que sea de vital
importancia un método (“porque toda ciencia debe tenerlo”) para determinar
(dictaminar) quién está loco y quién no lo está. Qué criterio es el que debe
prevalecer y cuál es el que debe aislarse para que no se vaya a expandir ni
reproducir. Quién debe agregarse al catálogo como “loco” y quién es apto para
desenvolverse “con normalidad” dentro de las márgenes de la película de la
humanidad occidentalizada. Humanidad que de las narices se arrastra
tambaleante, errante y rebotando entre las opciones que le son presentadas como
“correctas”, “posibles”, y hasta “inevitables”.
Los márgenes de la locura, entonces, están definidos por los parámetros de la
sociedad. Ejemplos como el de Galileo o Einstein bastan para describir esta idea
(cuestionados por “locos” o “raros” en su época, fueron fuente de referencia e
investigación para las generaciones posteriores).
Organismos eclesiásticos, gubernamentales, mayorías, minorías, gremios, medios
de comunicación y “opinólogos” profesionales moldean la idea que tenemos sobre
lo que es correcto o incorrecto (el trabajo de incorporarnos la idea que existe algo
correcto o incorrecto ya está hecho), nos advierten sobre esto, y nos alientan a
que advirtamos la “locura” de quien no acate éstos parámetros, ya sea los acepte
o siquiera conozca. El premio es tan claro, como vago y escueto: no ser uno el
“loco”.