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Desarrollo emocional.
Clave para la primera infancia

2. Problemáticas en el desarrollo
emocional del niño de 0 a 3 años

3. Situaciones especiales: prematuridad y discapacidad

a.

Prematuridad
Luego del nacimiento, el bebé prematuro puede presentar problemas para sobrevivir y crecer.
Por eso necesita de la ayuda que se le brinda en la Unidad de Cuidados Intensivos de la clínica,
hospital o centro en el que haya nacido para mantener su temperatura, alimentarse, oxigenarse
adecuadamente, mantener la respiración y metabolizar la bilirrubina. Todos estos cuidados que
permiten la supervivencia física son al mismo tiempo una situación de aumento de estímulos:
cuantitativos (contacto con muchas personas, instrumental, aparatos, luces, alarmas) y cualitativos
(experiencias de dolor).
Al mismo tiempo, existe una disminución de los estímulos positivos que crean confort y seguridad
(contacto con el cuerpo materno, amamantamiento, canciones, caricias). Esto representa una situación altamente estresante para el bebé, que suele retraerse para sobrevivir.
Numerosos estudios han mostrado que las experiencias estresantes en los primeros meses de vida
dejan secuelas emocionales y neurológicas. Por esto es importante disminuir y organizar la estimulación negativa y aumentar los estímulos que generan seguridad y experiencias tempranas de placer,
favoreciendo el vínculo con los padres, el intercambio amoroso a través del contacto ocular, el tacto,
la cercanía piel a piel y la voz.
El desarrollo psíquico y la estabilidad emocional que habrá de tener el niño dependen de las relaciones con sus cuidadores primarios. Los momentos iniciales de la relación son decisivos en el desarrollo
posterior. La prematuridad puede ser pensada como una crisis psicosocial “accidental”. Los padres
se deben enfrentar primero a la posibilidad de que su niño muera, luego hacer frente a una sensación
de incapacidad por no haber sido capaces de llegar a gestar un bebé “a término”; después de unos
días de incertidumbre, deben renovar la relación con su hijo, separado de sus padres hasta entonces,
y más tarde adaptarse a las características particulares de cada niño prematuro. Los padres deben
realizar un enorme esfuerzo psicológico para encarar la situación. Para poder atravesar con eficacia
la crisis, los padres deben poseer la capacidad de comprender el problema de una manera realista,
ser conscientes de lo que sienten y poder expresarlo, y pedir ayuda a otros.
En particular en las madres, el nacimiento de un niño prematuro provoca una importante crisis
psicológica. Se observa en ellas una disminución de la autoestima porque no fueron capaces de
retener a su niño los nueve meses de embarazo. La separación del bebé aumenta el sentimiento
de fracaso. La madre asume una función de apoyo “periférica” que dificulta el proceso de apego
y suele presentar sentimientos perturbadores y en ocasiones contradictorios. Las emociones más
destacadas son ansiedad, temor a la muerte de su hijo y sentimiento de culpa. A veces se sienten
culpables porque no pueden atender al bebé con la misma habilidad que las enfermeras. Aunque
se sientan agradecidas, suelen sentir fuertes celos hacia las enfermeras, y aparecen sentimiento de
hostilidad y desconfianza.
Para desarrollar un íntimo apego, la madre debe recibir de su bebé una respuesta a lo que ella hace.
Si el niño la mira a los ojos y se mueve en respuesta a sus cuidados, se calma o responde positivamente, y esto produce un fuerte impulso en el sentimiento de apego.

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