1965 12 07, Concilium Vaticanum II, Constitutiones Decretaque Omnia, ES.pdf

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orden temporal, y que, conducidos por la luz del Evangelio y por la mente de la Iglesia, y
movidos por la caridad cristiana, obren directamente y en forma concreta en dicho orden; que
cooperen unos ciudadanos con otros, con sus conocimientos especiales y su responsabilidad
propia; y que busquen en todas partes y en todo la justicia del reino de Dios. Hay que
establecer el orden temporal de forma que, observando íntegramente sus propias leyes, esté
conforme con los últimos principios de la vida cristiana, adaptándose a las variadas
circunstancias de lugares, tiempos y pueblos. Entre las obras de este apostolado sobresale la
acción social de los cristianos, que desea el Santo Concilio se extienda hoy a todo el ámbito
temporal, incluso a la cultura.
La acción caritativa como distintivo del apostolado cristiano
8.
8. Si bien todo el ejercicio del apostolado debe proceder y recibir su fuerza de la
caridad, algunas obras, por su propia naturaleza, son aptas para convertirse en expresión viva
de la misma caridad, que quiso Cristo Señor fuera prueba de su misión mesiánica (Cf. Mt.,
11,4-5).
El mandamiento supremo en la ley es amar a Dios de todo corazón y al prójimo como
a sí mismo (Cf. Mt., 22,27-40). Ahora bien, Cristo hizo suyo este mandamiento de caridad
para con el prójimo y lo enriqueció con un nuevo sentido, al querer hacerse El un mismo
objeto de la caridad con los hermanos, diciendo: "Cuantas veces hicisteis eso a uno de estos
mis hermanos menores, a mí me lo hicisteis" (Mt., 25,40). El, pues, tomando la naturaleza
humana, se asoció familiarmente todo el género humano, con una cierta solidaridad
sobrenatural, y constituyó la caridad como distintivo de sus discípulos con estas palabras:
"En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tenéis caridad unos con otros (Jn.,
13,35).
Como la santa Iglesia en sus principios, reuniendo el ágape de la Cena Eucarística, se
manifestaba toda unida en torno de Cristo por el vínculo de la caridad, así en todo tiempo se
reconoce siempre por este distintivo de amor, y al paso que se goza con las empresas de
otros, reivindica las obras de caridad como deber y derecho suyo, que no puede enajenar. Por
lo cual la misericordia para con los necesitados y enfermos, y las llamadas obras de caridad y
de ayuda mutua para aliviar todas las necesidades humanas son consideradas por la Iglesia
con un singular honor.
Estas actividades y estas obras se han hecho hoy mucho más urgentes y universales,
porque los medios de comunicación son más expeditos, porque se han acortado las distancias
entre los hombre y porque los habitantes de todo el mundo vienen a ser como los miembros
de una familia. La acción caritativa puede y debe llegar hoy a todos los hombres y a todas las
necesidades. Donde haya hombres que carecen de comida y bebida, de vestidos, de hogar, de
medicinas, de trabajo, de instrucción, de los medios necesarios para llevar una vida
verdaderamente humana, que se ven afligidos por las calamidades o por la falta de salud, que
sufren en el destierro o en la cárcel, allí debe buscarlos y encontrarlos la caridad cristiana,
consolarlos con cuidado diligente y ayudarlos con la prestación de auxilios. Esta obligación
se impone, ante todo, a los hombres y a los pueblos que viven en la prosperidad.
Para que este ejercicio de la caridad sea verdaderamente extraordinario y aparezca
